Lectura de Vargas Llosa

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¿Qué es la cultura? El ansia y anhelo de perfección, la persecución de la virtud, la opinión excelente adherida al gusto exquisito, los móviles del bien y la resonancia de la grandeza, la mudanza de lo arbitrario por lo esencial, una tabla de valores que incite a la verdad y la bondad, la crítica a las certidumbres nefastas, el placer de la reflexión y el cálido brote del entusiasmo, la vividura de la biblioteca y la vida. Cultura es la expresión de lo menos romo y ruin de la naturaleza humana, la creación de formas de belleza imperecederas y perdurables, el patrimonio de lo mejor que se ha pensado, pintado, sentido y escrito. Una experiencia de pasión y poesía, experimento y sueño. Lo más noble humano. Lo más libre y audaz humano. Virtud y ciencia y altura. Moral y conocimiento y excelencia. Sabemos lo que es la cultura sabiendo qué no es la cultura. La cultura no es lo que la llamó Tylor y que hoy invade el imaginario común; esa amalgama de costumbres, leyes, ritos, ese conjunto de nuestra afinidades y repudios. Este es el sentido antropológico de cultura, la serie extensísima de aprendizajes sociales por imitación o repulsión, lo que añadimos a nuestro genoma e instintos. Cultura tampoco es la expresión popular o folclórica, las tradiciones no sancionadas por la razón sino por el acúmulo de tiempo. Y cultura, last but not least, tampoco es entretenimiento y pasarla bien. Vargas Llosa afirma (el libro a reseñar es La civilización del espectáculo) que el tono cultural de la actual civilización es justo ese. Abdicó de signos fuertes y pesados propios de la alta cultura, y se ha convertido en una melaza informe donde reinan como estrellas diurnas y nocturnas la banalidad, la frivolidad, el divertissement. La educación y la política y el periodismo y el sexo y el arte y la literatura y … , todo, padece ese virus de los modos del gesto evanescente y la trivialidad entronizada. No hay erotismo (que es al sexo lo que la gastronomía a la comida) sino sexo conejero y cinegético, no hay periodismo basado en los hechos y la verdad sino marcada propensión a la chismografía y al amarillismo, no hay política como debate de ideas y programas sino espectáculo de candidatos sin fondo deliberativo, no hay arte sino cocinas y chefs y modistos (los hornillos y fogones y pasarelas en lugar de los libros y los intelectuales), no hay educación basada en la autoridad de los saberes del maestro sino un anarquismo pedagógico, no hay intelectuales sino sofistas o malabaristas, etcétera.

El libro se basa en ideas de pensadores reaccionarios y liberales. A mí sus tesis, que defiendo desde hace décadas, me parecen irrefutables, incontestables. Hoy un estudiante universitario rechaza a Henry James, porque todo lo que sustenta a James, los imponderables cosmovisivos, debido a la mutación del paradigma cultural, son otros. Un capitán inglés y otro alemán en la primera guerra mundial compartían una comunidad de afinidades, ambos podrían citar muy parecidos pasajes de Horacio, Cicerón, Homero, Descartes y Rembrandt, Platón y Goethe y Shakespeare. Ese subtexto o continente de ideales morales religiosos y pretensiones culturales y citas literarias, ese paisaje similar y necesario en clases hacendadas y burguesías ilustradas, se ha volatilizado. Ahora lo común son sitcoms televisivas, música pop y rock, cine y actores de cine, facebooks y twits y drogas y promiscuidad. ¡Qué horroroso mundo se nos ha dado vivir!

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