
La noche, turbia y egipcíaca, tiende su mineral lapislázuli sobre un crepúsculo ocre y tímido, rojizo y de palpitante paja húmeda. Miro a través de la ventana el retumbar de claridad de una luna que orbita augusta. La Santa Compaña avisa con sus velas y tintinear de campanas el óbito próximo. Mi doméstica exclama palabrotas siguiendo el ritmo furioso de la pobreza inmemorial. Hoy leí poesía –Stevens, Trakl, Rosillo- en la galería. La galería acristalada típica de los pazos galaicos que da (cuatro metros) al muro de la iglesia. Las piedras conventuales y rodeadas de musgo fresco avivan, como el crujido de los versos, el sentido de mi existencia. Ya en el despacho escribo estas líneas de satisfacción: el mundo se goza a sí mismo porque está bien hecho; el mundo beato respira en la mansedumbre dorada de estas tapizadas estrellas gordezuelas.
Mis perros respiran sagaces. Mi mamá duerme dulce y quieta, amada y silenciosa. Se talan los eucaliptos roñosos, inadecuados en todo al monte gallego (que es el del roble, o el pino, o el castaño). El jabalí –una plaga- es comido por el lobo. La tierra rueda. Las esferas alumbran. El fuego es una cúpula verde. Qué vetas de laca sin furia ni azar en la oscuridad catedralicia del invierno.
