Lo sólido

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Escucho el tercer movimiento de la tercera sinfonía de Brahms, todo un breve clásico popular, observando un cielo enrejado de rosáceos y azules, troceado de blancos esquejes tímidos, en la quietud conmiserativa de un silencio de caramelo y piedra pulida.

Releyendo entradas en mi blog advierto que se dibuja nítida una figura, mi figura. Alguien conservador, solitario, algo cascarrabias, agrario, culto, con convicciones, chapado a la antigua, un si es no es melindroso y melancólico y napoleónico. Y advierto asimismo lo esquizoide de las multitudes, de tantos muchos de mis contemporáneos y coetáneos, cuyas ideas son meras asociaciones lábiles en mitad de una hipotonía y desafección de la conciencia, todo como un monólogo joyceano sin norte -de embolique colosal, de caos de época- ni dirección. Lo robusto y recio me alimenta, lo acabado me signa, lo final me revela, el artesanado me defiende, Dios me sustenta. Desconfío de intuiciones sin argumento, de planes sin mapa, de romanticismos deshuesados, de lunas sin órbita, de soles sin gravedad, de tiempo sin conciencia o sin hilar a las cosas. Asqueado de oír propuestas sin designio, de endebles mecanismos sin resorte, de mesas que no se sostienen por sus malas patas, me refugio en lo sólido, en el alcanfor de luz de las ideas y sentimientos regios. Lo blando y líquido y pastoso es propio de acéfalos y psicóticos. No en mi nombre. Así no. Ni siendo ni estando.

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