Raúl P.

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En mi infancia fuiste mi único amigo.
A una edad desproporcionada -tenías cuatro años más que yo- tomabas en serio mis quimeras.
¿Recuerdas cuando avasallábamos los fuertes confederados, o planeábamos invasiones a países de marcianos verdes, o buscábamos sapos los días de lluvia?
Un día cambié de pueblo y país y desaparecimos. El honor poético es como el de la amistad, no debe zaherirlo ni prejuicios ni lustrosos y pedantescos tonos profesorales.
El dogmatismo de la erudición no se aviene con el refinamiento de la emoción.
Me quisiste. Te quise.
Que una apremiante y terca lágrima caiga de este poema.
Que el Dios de Los Sauces Rientes te acompañe el resto de tu vida.

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