Por empinados caminos de escaramujos y dulces espinos blancos

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Divago por las galerías de mis ensueños merced a la bendición de la soledad y la energía del silencio. Y yo, que no me considero especialmente esclarecido ni lúcido entre los lúcidos, pero que tampoco soy un mandril típico de los inicios de este siglo, recuerdo una cita de Palingenio “Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!” (Tal es la penura de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino)

Especialmente tontos son los bucles lúdicos y adictivos de Tinder, Cundy Crush o las redes sociales. Precisamente estando ahí, en ese zumbido o guirigay de conexión perpetua -como ver la tele u oír la radio-, no estás en otro sitio, saber, con tus propios pensamientos, vibrando al azar o vagabundeando por los enrejados rosáceos y amigos de tu espíritu, paseando por esos caminos dúctiles (que permiten ideas creativas y autoconocimiento) , caminos submarinos y silvestres, oyendo sinestésicas meditaciones casi inexpresables, sintiendo una euritmia donde mana el agua dorada a punto de cristalizar.

Si nuestras únicas formas de adquirir experiencias son las que proceden de la rutina deprimente del trabajo, del limitado número de nuestros amigos, o de la voz ruidosa y banal de los medios de comunicación de masas, meros sonidos e imágenes que expulsan el silencio y el yo profundo del mundo; si nuestros únicos dioses y deseos son los de la publicidad, el cine, la prensa, la radio, la televisión, la prensa o Internet; si creemos que ser sofisticado es tener un yate privado, un coche deportivo, o un avión particular; si a usted (a diferencia de mí, del mismo Dios, y del rector decimonónico del “Jesús College) no le produce consternación ver llegar los primeros trenes a Cambridge, sobre todo los domingos, o el estilo aséptico y sin resonancia histórica de los muebles de Ikea frente a los muebles nobles Biedermeier; entonces es probable que este escrito le resulte tan esotérico o improbable como si le cayera un meteorito en la cabeza. Es usted la savia de esta decadente civilización, el alimento de su decrepitud y demagogia.

Presumo que si nos retuitean un tuit muchas veces, o recibimos muchos “me gusta” en Facebook, se dispara la dopamina y sentimos placer y euforia (estamos diseñados para el acicalamiento social) Pero, ¿acaso la soledad es un demérito? Convengo con Nietzsche acerca de que todo aquel que no dispone de tres cuartas partes del día para sí mismo es un esclavo. En una epístola Plinio el joven escribió “Me parece especialmente hermoso que no caigan en el olvido aquellos que merecen la inmortalidad”. Debemos intentar buscar momentos de soledad bajo el aspecto de la eternidad. Mejor; esos momentos casi siempre solo son dables en soledad (también, a veces, en el amor)

El mundo no es un tranquilo claustro de un monasterio del siglo XIV. Creo que la red de decibelios martilleantes y el afán desmedido de conexión tecnológica nos enfermen moralmente. La arrogante sensibilidad metálica y técnica, la subordinación de la palabra a la imagen, la sustitución de la palabra selecta por la palabra vulgar, la baraúnda de un movimiento aceleradísimo sin dónde ni por qué, conspiran contra el paciente pensamiento reflexivo y pulverizan una absolutamente imprescindible soledad y un totalmente enriquecedor silencio. Nuestra poscultura es frívola, inmadura, y en el fondo, quebradiza y frágil.

Pocos estorbos, una soledad discreta y amable, la casa limpia y la noche en calma. Algo de vino en el lagar de mi feudal casa orensana. Conservar libre el alma y presto el juicio. Vivir honrada y menudamente. Leer mucho, escribir poco, pagar a tiempo todas las cuentas. No estorbar ni pleitear. Cuidar a mamá. Evitar pasiones morbosas. Pasear por los bosques y arrancar las malas yerbas del jardín. C´est attendre chez soi bien doucement la mort.

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