Diario

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(i) Las dos caras de la moneda: “Se necesita ser muy vulgar para ponerse a definir la vulgaridad. Precisamente por indefinible, la palabra es indispensable”, escribió G.K. Chesterton en su «Dickens». Oscar Wilde declaró asimismo: “Se necesitaba tener un corazón de piedra para no reírse de la muerte de la pequeña Nell.”

(ii) Me gustaría merecerme mis influencias. Aspirar a la impronta de A en lugar de B, de C en lugar de D, de E sustituyendo a F. Soñé con Platón y en mí resuenan las cámaras espirituosas de Coehlo, pretendí prosa de émulo de James (de ambos hermanos) y me etxabrié. Todo arte tiene defectos -solo a Dios atribuimos perfección- pero, me cago en diez, me canso de mi récord de belcebunianas tertulianas marcas Cintoras.

(iii) Es curioso, de adolescente, pese a criarme entre pijos vacuos pero aceptablemente -hipócritamente- educados, tuve amigos gamberros y, en clase, yo mismo, pese a la paradoja de ser algo «pieza», gozaba como un enano aprendiendo y estudiando.

Fui el típico que puse motes crueles a condiscípulos y maestros, víctima de una insidiosa energía agresiva o «mala follá». Sé que hay insultos y críticas que se convierten en la forma más suprema de halago. Y sé que dañar daña.

Mis copiosos e innobles sarcasmos nada me hermosean; la impropiedad no merece alabanza. Cada cual escribe según su inclinación, y juro que preferiría una dimensión humanista o redactar vidas de santos a mis chusquedades.

Es mejor (obvio) creer en Dios que creerse un pedante y ácido Dios. Destilar soberbia es para mí una tendencia irrefrenable. Censurar con acrimonia no deja de ser más que una demostración de poderes de la etapa del acné juvenil.

Pese a las dudas de fe que sufro en mi espíritu, no me cautiva la alegría de ver sonreír al niño, el campo y las nubes, todos a una. Una negrura peor que chapapote dirige mi pluma. Me siento una cutre carroña de cloaca. En el silencio y la lentitud existe un bello rompimiento de lila rasgándose delicada, enamorada. Pero mi corazón es una agria cebolla deshollada, un agua maloliente de puerto.

Y navegaré hasta la Antártida final deseando ver el entierro de muchos, ese infinito placer. Pueril y ampuloso como un César romano, joderos hijos de puta marranos.

(iv)

Yo Corte Inglés.
Tú Corte Inglés.
Él Zara.
Ella Zara.

Nosotros nos rebajamos.

(v) Pequeño panfleto contra Almudena Glandes

(i) Tras prolija reflexión ya sé como mejorar a la obispa Sra. Glandes. Sería encantadora si la leyésemos hacia atrás -hice el experimento-, de derecha a izquierda.

(ii) La Sra. Glandes padece prosa plagiada de asmático zureo de infantil o pueril paloma plañidera. Me disgusta el tono de su descuidado y vulgarísimo talante expresivo, sus hallazgos como letargos infumables de tan rancios, la disposición anímica a la que desea mover a su lerdo auditorio, la estructura ilativa de sus proposiciones viscosas. Me molestan las falacias «ad baculum», la elemental simpleza sin matiz, y que no sepa más que producir efectos demasiado poca cosa (pacotillas de tahúr contratada por treinta euros)

(iii) Mucho profana Almunada, «La impía». La mayor profanación del escritor es la fe o creencia acerca de que la literatura es calar en la obsesiva pesca de bajura, es decir, la que se hace muy próxima a la costa.

(iv) No tengo el gusto de intimar con sus dedos gordezuelos, voz cazallera ni su nalgatorio pulimentado. Debe saber que uno de mis pasatiempos favoritos consiste en comentar muy extensamente, elongada y escoliásticamente, enfática y kilométricamente, su muy breve y estrechísimo talento (charco con medio dedo de altura)

(v) Siempre nos hemos visto impelido en la historia humana a leer estúpidas mamarrachadas inanes, bodrios de aquí a Lima. Pero a mi juicio esta época, esta Era Abobada, está emperrada en sublimarlos, no descreditarlos e imitarlos. Normalísimo que la Sra. Glandes sea nuestra Princeps literatorum.

(vi) Tiene una mentalidad infantil de narrativa de Barco de Vapor para adultos.

(vii) Como una eunuca escribidora que invoca más al cerdo que al ángel, posee la genialidad suprema de ensordecer simultáneamente a ambos.

(viii)-¿Alguna vez leíste a la Sra. Glandes?

-Sí

-¿Cuándo?

-Cuando un rayo -chas, bim, punk, ping, boom, Chistu non- cayó sobre una bar de morcillas, moscas y putas tomando aguachirle.

(vi)

Todo consejero da consejos, pero hay quien aconseja en su interés. No te aconsejes con uno que te mira con desprecio y esconde tus proyectos a los que te envidian. Eclesiástico.

La Biblia es una guía y faro inmarcesible como los buenos papás o los abuelos y abuelas de calidad.

(vii) Estudiar da vida. Escribir, la quita. Escribir mal, la estiriliza. Las redes sociales son una pérdida de tiempo y energía propias de un joven. Me esperan miles de libros en mi biblioteca. No quiero más que pasar el poco de vida que me queda en ella. ¿Qué ganas si pierdes tu alma a a cambio del cielo barato?. Si yo no cumplo con el ejemplo, ¿quién?, y, si nadie, ¿dónde?, y, si entonces, ¿para qué? Quiero concluir el ciclo de este experimento literario fiel a mis contradicciones. En la abadía de Thelême, Rabelais escribe el lema:»Lys ce que voudra» (Lee lo que quieras) Acabo de arrancar estas palabras de los dinteles de mi biblioteca.»Lee lo mejor si no sabes escribirlo». Y cállate. [pero no callé; sigo farfullando palabras ociosas pese a ser arrinconado a un absurdo ostracismo. A Dios, al obispo de Mondoñedo, a los congrios del Sil, y a mí, nos la trae floja eso]

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