Vigilante de la playa

Erika Eleniak: de 'Los vigilantes de la playa' a la “alquimia espiritual”

(Erika Eleniak)

Fruta de papaya silvestre, goterón de planta en las playas

de la Californía, tu pelo revuelto rubio; ¿sabes qué?, te imaginé mi amor,

la dulce gatita de aliento blanco a quien tocaba el sexo

tumbada en la hamaca, que besaba las piernas coronadas con el sucio

sabor a tabaco de mis labios. Contemplarte era una exacta

y vigorosa vida ¡Tanto me conmovieron tus pechos

como un bautismo del espíritu! Quería escribir un opúsculo sobre lo bello y bueno pensando en ti.

Pensando en ti. Dueña sabia, princesa de un planeta níveo (¿nata? ¿nieve?)

De una playa de ligues con bikini, con leve brisa y Coca-Cola.

Hermosa como el rítmico engranaje de un joven reloj dorado,

te amé mi baobab tropical. Me sofocaban tus largas piernas mimosamente depiladas

y el olor a naranjos y gel de tu piel. Arrobado me encerraba en el baño,

y en mi mente iniciaba un tímido gesto de encabalgamiento,

un furor para enhebrar mi varonía a tu toisón dulce y caliente.

Enseguida fenecía, disuelto en láctea foundé.

Volvía a ser ese violento pero estudioso adolescente. Vulgar y triste.

Libros, apuntes, mediocridad provinciana, ni gloria ni grandeza.

Tú, un guepardo galopando en prados de amarillas y libres playas embrujadas.

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