Diario

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Domingo

Día frío, mentalmente anti-leibniziano, de lecturas baladíes y zoológicamente simiescas, negligentemente insulso. Día con bosta de vaca y con misa de doce. Así: lectura de “Examen de ingenios”, de Caballero Bonald, y “Noticia de mi vida”, de Carmen Rigalt. Uno una esquirla farragosa y traqueteante de prosa de pope bizantino dipsómano tirando a gagá, y la otra una rumiadora o evocadora de cosas más o menos como las pérdidas de orina de una vicetiple pechugona. Ambos tienen algo en común: exhiben sin tasa ni pudor la portentosa posesión de sus defectos. Catalina de Médicis tenía un lecho tendido con cuadrados de réseuil o lacis; estos libros están bordados con un color mora pocha betún y graciosos dibujitos de palmones viriles –él-  o palmeritas cursis –ella.  Ni observaciones ni anécdotas que aviven el fuego; ambos libros son un pudín indigesto de abovedas naderías (el finado) o gossips de telenovela que desprecia la inteligencia (la cardiópata)

Ayer me leí “León de ojos verdes”, de Manuel Vicent. Sin comparación no existe el pensamiento, y, la verdad, mezcladas en mi mente las tres lecturas, leer a Vicent es como encaramarse a las nubes después de la escayola estriada y el desván de ratas de esta noche y esta mañana con Rigalt y Bonald. Se desprende una tintura bondadosa de la novela (cuentos yuxtapuestos mejor) Uno se pavonea de dulzura con esos recuerdos flameando en el hotel balneario mediterráneo. La prosa no se atranca ni en el sencillismo periodístico ni en el fatuo crimen de una altura que se desea y no se alcanza. La primera cualidad de un libro es su expresión. La segunda es su elegancia. Esta es una novelita comestible y popular, de usar y tirar, pero contribuye a transformar los trastornos de la maldad (a los que soy tan propenso en mi diario) en un lenitivo de impresiones ordinarias amables y un halo de murmullos de corazón elegante. A mí me hace bien. Bonald es molesto como una miga de pan en la tráquea; Rigalt es tonta como una neurótica menopáusica que no encuentra las llaves; con Vicent -gracias- sientes el calor de dormir al lado de un cuerpo bastante bello con carita de Lulú.

Abandono la lectura “El gran Meaulnes”, de Fournier (la leeré en francés; la traducción de Valverde y María Campuzano suena a chirrido de voces embutido en unos zapatos que aprietan) Abandono la lectura de “La fuerza de las cosas”, de Beauvoir, en la página 105. Parece un desfile en una fonda ferroviaria o en un barucho a la moda parisién. Muchas personas, ninguna singularidad y e ideas –pocas- tópicas y tullidas. Todo como un movimiento diarreico constante. Esta señora se cree su propia importancia de animadora intelectual excéntrica zazou. La cantidad de falsedad e inmundicia que acumularon ella y su “joroba” Sartre ya se ha escrito y pormenorizado. Abandono también una paja que me hacía –ay, ay- muy infructuosamente y sin ganas demasiado notables. Pajero y putero, ya que por eso riman.

Oigo golpear en la ventana una brisa fresca. Mi perra resopla mientras duerme. Voy por el tercer gintonic. El cielo es más blanco que azul. Los calcetines, caros y limpísimos y negros, me entibian cariñosamente los pies.

Eso desvanece momentáneamente mi pena por la lefa no eyectada.

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