Diario

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Lunes

Sequedad de espíritu. Una nube de ansiedad en el pecho y aceleración cardíaca (como cardiópata esto debiera preocuparme un poco) Aislamiento de secuestro yihadista. Siento el eje, los eventos y los objetos del mundo como figuras de cartón mojadas y aplastadas. Me cuesta respirar, leer, concentrarme (la atención –su foco fijo- se dispersa en las solicitaciones de mi mundo interior poblado de un coro de chirridos y alucinaciones auditivas: cantos y palabras sueltas en latín macarrónico) Hace media hora tomé diez gotas de Rivotril y un Diazepam. Siento algo de alivio. Debido al pánico exacerbado a enloquecer (tengo antecedentes familiares) me ejercito en geometría algebraica y cálculos de lógica de primer y segundo orden. Intento calcular con el método axiomático, con el cálculo de secuentes, o bien con el cálculo de deducción natural. Me deprimo hasta el suicidio, me siento el más tonto del planeta, al cometer tres errores en la demostración de la propiedad metalógica de consistencia en el cálculo de segundo orden (donde se cuantifican las propiedades, lo que provee a este cálculo de una eléctrica belleza y potencia) Los tres (axiomático, secuentes, natural) son formas alternativas para probar los mismos teoremas. También hago ejercicios –simplones- de Teoría de Modelos y Álgebra Universal. A veces diseño circuitos eléctricos equivalentes mediante álgebras de Boole. Tengo la íntima convicción que la locura significa de alguna manera una disociación, escisión, o disgregación de la mente. Y, así, creo que practicando técnicas de pensamiento deductivo evito el florecimiento del pandemónium o maremágnum de asociaciones caprichosas, de meras aglomeraciones azarosas y al tuntún en el encéfalo. La hilatura lógica conspira contra el trenzado anárquico de la locura. También juego partidas al ajedrez por Internet con otros jugadores (norteamericanos, indios, filipinos) que me apalizan bestialmente o bien con el sofisticado software de varias aplicaciones. Mi terror a que mi mente huya a una excursión de la que jamás podrá volver (a un jardín baldío rojo-sangre y helado de nieve sucia de acera de ciudad), hace que repita también en las galerías de mi mente pasajes memorizados o bien que memorice elementos nuevos. Esto supone un esfuerzo draconiano. Mi natural propensión consistiría en quedarme arrellenado, apoltronado en la butaca viendo la tele, en no leer nada (y les aseguro que leer con voces en la cabeza crispa hasta la extenuación); en resumidas cuentas, en vegetar en la cama, en dejarme succionar por el agujero negro de la desidia, en nadar en las aguas infectas de la abulia. Pero soy, o pretendo ser, luchador, no ceder, no apaciguarme blando y sin vibrato en una vida pseudoextinta. Mi bizarría psíquica, siguiendo su curso espontáneo, conduce al crudo frenopático. Debo insistir en esos contrafuertes intuitivos. Acaso mi terapia silvestre no tiene el refrendo de la ciencia, pero a mí hasta ahora me funciona. De momento puedo escribir y pensar en una argamasa organizada en secuencias de prelación, en oraciones jerárquicas y coherentes y cohesivas, y no con un puntillismo dadá de impresiones volanderas. Pero sé que algún día se romperá el muelle, no podrá volver a su posición original, y, entonces, acabaré institucionalizado en un manicomio de por vida. Aplazo la sentencia (rezo a Dios para que en lugar de eso me muera antes con un terminante y fulminante infarto) Nada temo –nada, nada; y nada miento- a la muerte. La locura, por otra parte, me crea un terror pánico –agudo, visceral- indescriptible.

Ayer me leí “Escribir es un tic”, y “Rol de cornudos” de, respectivamente, Francesco Piccolo y Cela. El libro de Cela juraría que lo escribió un negro y él simplemente lo arregló con un mero afeitado. Representa lo peor de mi cosmovisión del arte y la sensibilidad. Precipitado, con descarado objetivo dinerario, pesado por reiterativo y esquelético, relleno de chocarreros desplantes y apuntes costumbristas. Aquí Cela ya chocheaba muy a lo grandeur. Vaya letargo tragarse esas pamplinas propias de una castiza sensibilidad moral del medievo. El enfermizo congelado invierno en el que entró la obra –y vida- del Nobel es antológicamente patética, impertinentemente risible. En una entrada de este diccionario se glosa al “Cornudo de secano”, y, escribe el autor –o sus negros- “El de cuerna dura y resistente, aunque no muy desarrollada. Es especie peculiar de las economías agrícolas pobres y mesetarias”. “Pobre” y “mesetario” es casi sinónimo de “celiniano”. Y “resistente” lo fue, sí; era su divisa chulesca de política y cucaña literaria. En el fondo el gallego no fue más que un sobón chupacirios, que un ágil saltatumbas, que un guiñapo saltimbanqui del poder camaleón. Se creía un bufón con rabia e ingenio, y era un deslustrado marrano a garrotazos, un mamporrero para llevarse solito todito el parné.

Cela, debes saber

más que la ciencia de la nada y el ser

que Marina es mala mujer

y loca loca por joder

cuernos te va a poner.

Lo pudiste tú confirmar:

para mejor encornudar

si tu mujer sale a mear

síguela a Calatrava del Falgar.

¡Ya verás!¡Ella musho picar!

El libro de Piccolo es amable, luciente, brillante y bruñido y plastificado como la pantalla de un móvil con Instagram en el visor. Citas (ni muchas ni pocas) con un relleno ensayístico muy paupérrimo intelectual y estilísticamente, propio de un escritor novillero. El libro defiende una tesis obvia que conocemos cualquiera del oficio: la inspiración es trampantojo, engañifa, mito atlántico, montaña de oro irreal; lo importante son las estrategias de cierto método/s, y la constante y no desfalleciente obra de taller, de persistente obrador. Un escritor que no sea un bobalicón imberbe desconfía de la inspiración como de un capo siciliano que te ofrece un préstamo. Agrupado en un decálogo temático el autor italiano habla del otro trabajo de los escritores, de los ritos en torno a la mecánica de escribir, de dónde se escribe, de con qué (pluma, máquina u ordenador), etc… Resaltaría una clarividente cita del apartado “Soledad” (cap. 6) Bueno, no la copio que es larga y encima estoy cansado. Además, existen otras mucho mejores que no aparecen en este tomito aprendiz.

Después de comer estudiaré mates y, ya que la exigencia cognitiva y la tensión requerida es infinitamente mayor que al leer literatura, después me leeré dos libros distendidos. “Vida escrita”, de Maragall, un viejo libro de Aguilar con selección y prólogo de Riba, y “Toda la belleza del mundo”, del poeta Jaroslav Seifert. El subtítulo lo aclara todo “Historias y recuerdos”. Curiosa la euforia (y cura) de la escritura. No sabía qué escribir antes de ponerme a escribir y, ya escrito, anímicamente decrece el malestar y el pesimismo que antes de escribir. Si lo puliera y reescribiría analíticamente, si lo perfeccionara y mejorara estéticamente, probablemente asomarían negruras neuróticas kafkianas. Así que, venga, pincha ya “Enter”; y voilà.

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