Diario

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Céline, Knut Hansum, Wagner, Dalí, Diógenes, Eriúgena, Heidegger, D´Anunnzio, Pierre Drieu La Rochelle ,Henry de Montherlant, Pirandello Malaparte, Kerouac, Ginsberg, Pemán, Camilo José Cela, Agustín de Foxá, Gorki, Che Guevara, Neruda, Trotsky, Josep Pla, Eugeni D´Ors, Sánchez Mazas, Pedro Laín Entralgo, Julio Camba, Sartre, Foucault, Laing, Toni Negri, Julius Évola, Gramsci, Bakunin, Vargas Llosa, Handke, Villon, Jünger, Borges, Larkin, Ted Hugues, Torrente Ballester, Althusser, Oscar Wilde, Schopenhauer, Thomas de Quiencey, Byron, Burroughs, Verlaine, Casanova, Ellroy, Genet, Boecio, Tomás Moro, Marlowe, Sade, Chester Himes, Nabokov, Octavio Paz, Lowry, Nietzsche, Simone de Beavoir, Canetti, Manuel Puig, Hernán Migoya (único autor escandaloso que cito de pésima calidad), Juan Goytisolo, Lemebel, Leopoldo María Panero, Pasolini, Luis Antonio de Villena, José María Álvarez, Umbral, Jaime Bayly, Quentin Crisp, ETCÉTERA, ETCÉTERA, contaron con mala prensa, o ideas escandalosas, o vidas escandalosas.

Nietzsche afirmó que las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos; las ideas con el corsé de lo políticamente correcto son acontecimientos rutinarios, mineralizados, miniaturizados, con frecuencia pobres prisiones de rutina y solemne memez.

Vivimos una época de resentimiento estético, renuencia a lo intelectual, inmediatez acémila y falta de audiacia filosófica, venganza de los peores, donde se premia a «grandes hombres» por vulgares sentimientos patrióticos o por ensalzar determinados tópicos (también vulgares) sexuales o políticos. No podemos leer a Borges y a Larkin porque se burlaron de los negros y debemos leer a insalvables mediocridades inanes que a cambio solo expresan creencias sin sanción social y con burro aplauso de la plebe. No podemos leer a altísimos misóginos renacentistas o mediavales y sí en cambio adorar a naderías que solo saben sobresalir en su propia nada como Lucía Etxebarría o María de la Pau Janer.

Los hombres libres tienen y sopesan ideas; los hombres sumisos respiran el aire cavernoso de las ideologías. Yo jamás dejaría de leer un gran poema (ni lo prohibiría) que hiciera apología de ideas terroristas etarras o anarquistas o carlistas, ni prohibiría -obviamente- una ópera con excelsa música y cuyo libreto estuviese basado en el Mein Kampf (y conste que por mis venas corre un cuarto de sangre judía) Un síntoma inequívoco de esta sociedad decadente es que la extravagancia solo se reserva a descerebrados, locos o delincuentes.

Mucho gran arte propende a la heterodoxia. Ser libre es ser capaz de dirimir entre estética sublime e ideas humanas (o éticas) execrables o vidas que se han conducido según patrones a tu juicio indeseables. La sensibilidad moral mucho ha cambiado; tenemos aguda conciencia ecológica y acusada sentimentalidad feminista. Pero el infierno está empedrado con piedras llenas de buenas intenciones. Aprender información, tener capacidad para analizarla, permitirse el don de la opinión no sandia y delicada, cada día abundan menos en esta sociedad antiilustrada, en esta sociedad con píldoras de información (a menudo simplonas y degradadas, espectacularizadas), escasa difusión del conocimiento, y ocaso casi radical de la sabiduría.

La GRAN CONVERSACIÓN DE IDEAS que empezó en la antigüedad, y a la que se fueron sumando los hombres más eminentes, se sustituyó insensiblemente por una cascada agramatical de tuits y posts. Una mente bien educada no se forma y llena con lo que flota en la palpitación obvia de los tiempos (literatura de mala calidad escrita por escritores chatos que creen el arte un simple vacacionar por una especie de picnics de autoayuda y frases o ideas manidas) El buen arte necesariamente es ANORMAL, y, si trata el tema de la normalidad, lo hace de modo y manera anormal.

Todo artista jamás debiera renunciar a sus necesarias notas o dosis de herejía y contraculturalidad, y defecar -con pachorra feliz- sobre el Partido de la Normalidad.

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