
Cuando volvió, desolada, abatida, del funeral,
la madre del burgués y ocioso oso apacible,
del aburridísimo Christian, rey boscoso
de los lobos, deseó para él un epitafio.
Y el poeta de provincias Maximliano
amigo común de Samael y del difunto
lo esbozó compungido siguiendo con escrúpulo
los informes e inclinaciones de la verdad sin mentira
y serio envió después el epitafio, una primera redacción,
a aquella elegante y demasiado enferma dama.
«De Christian el alunado o aldeano rey
honrad dignamente, gentes de la Ribeira Sacra,
su clara, concreta, minuciosa y efímera memoria.
Loco (aunque fingió) y de noble corazón
fue arbitrario de gusto, justo de estilo y sabio de mente.
Entregó a los solícitos libros su diligencia,
y altivo en el hondón de su corazón
algún pensamiento sin reposo amaneció bello y esclarecido.
No esquivó el dolor, pero en su fracaso
miserable nunca se sintió pobre. Honrad a ese lobo
de pelambre canela. Queda aquí, en la tiniebla, bajo estas letras,
su vagabunda alma. Ese árbol, ese jardín, y la conventual piedra,
comparten con las estrellas su fe y símbolos.
Pero fue fue todavía más que todo eso, muchísimo más:
el Gran Solitario. Temen los hombres una propiedad tan atribulada:
no la hubo más noble y alta entre los incendios de sus días»
POST SCRIPTUM: Nadie fue más solitario que yo. Y, como Gloria Fuertes, puedo declarar que la soledad elegida me salió rana.
