
Serían las siete o siete y media de la tarde.
En un rincón de mi habitación, yo, con seis años,
el reposo serio de un folio en blanco,
el gato -su mansedumbre elegante y artística-
mirando a los pájaros.
Aparte de mi familia, el pueblo siempre vacío.
Un flexo apenas alumbrando la mesa de estudio
con su espolvoreo inspirador de luz o agua subterránea.
Dormitaba, en la calle, un bar solitario y el ocaso
disperso entre callejuelas rosas y refrescantes de invierno.
Nadie podía verme. No tomé precauciones.
Mi Imaginación loca y entreabierta bordaba un cuento
que abrasaba salvaje las convenciones
o rutinas de un mero cerebro infantil.
Pero nací a la literatura mortificado por la crítica:
al día siguiente, en clase,
aquel montón de idiotas -que compadezco-
poco o nada entendieron.
Gozo absoluto de la Imaginación
a través de lápices y bolígrafos de colores,
idiocia rápida de la plebe,
triunfo del Arte cuya visión
atraviesa cuarenta años y viene
ahora, para permanecer, en estos versos.
