
Me acomodo mi foulard de raso amarillo,
me alimento y mordisqueo las glorietas del cielo,
oigo al mirlo derramar su fresca hilada fresa,
contemplo la iglesia desde mi galería acristalada,
la batalla desde lo alto del valle, lejos del combate,
unto mis manos con dorada agua de rosas,
respiran aurorales mis altos sueños invernales,
tomo mi daiquiri de atardecida, sereno y feliz, y,
tras contemplar este mundo sin cuidados,
estos despojos impíos e indolentes y arbitrarios
de un paisaje de zombis y vidas de subsuelo,
este ejército en la playa de rucios con chancletas
y bronceador, y coca-colas y sombrilla de plástico,
digo a mis estrellas implacables
y a tanta pestilencia alrededor,
a la turbamulta que ocupa las
cámaras de nuestros castillos,
a la cutrez de avaros sandios,
a las hienas que reemplazan a los gatopardos,
a los relajados benditos flameados en Mercadona,
a los durmientes sin esplendor ni ideas,
a la indignidad y torpeza de menor
de edad del populacho, barista y tatuado,
a su villanía orgullosa signando la barbarie,
con mi copa en la mano y el lujo
consciente y púrpura en mi mente,
dirigiéndome a esta tierra sin genio
y a su espíritu de burgueses graves de baja estofa
les digo, alejándome de ese parque temático
de hediondez, bajura, necedad y vulgaridad
adieu, éternellement, adieu à tous…
