Diario de un esquizofrénico XVII

Era tal el caos de mi biblioteca («Librería muy arreglada, librería poco usada»), que mi doméstica, estos días que estuve de viaje, la ordenó en triples columnas en los estantes.

En completo azar ahora las pilas de libros. Busco las cartas de Madame de Stäel que editó y publicó Joseph de Ligne, y me encuentro con «Dinero» de Amis -esa bazofia- o busco un tomito que amo mucho de Henry Saint John, vizconde de Bolingbroke, y solo veo «Saúl ante Samuel», esa otra chuchería de Benet donde se maltrató al castellano con descomunal saña (el supuesto «great style» era una mera parodia sarcástica de sí mismo ) Busco la «Patrología» de Migne o bien la «Summa» de Santo Tomás editada por la B.A.C., y me encuentro con «Beatriz y los cuerpos celestes», de la latinista Lucía Etxebarría. Busco a Wittgenstein y hallo a Jodorowsky.

Mi biblioteca ya carece del orden de las fuentes, o los jardincillos, con algo de morunos o turcos o chinescos, carece de dorados e inscripciones. Ahora es un imperio sin esplendor. Un Luis XVI con el cuello en la guillotina. Un templo sin memoria. Una Babel de caballos desbocados. Una mente con delirium tremens.

Pero la chica puso su mejor voluntad y esfuerzo. Le regalaré una villa con sol limpio. Yo, desdichado, moraré desde ahora en las sombras eternas.

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