Diario de un esquizofrénico 32

(Autobiography)

Me gusta el pío, recio y sólido campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieirias, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape.

Deportes, comida y un poco de arte, no me parecen nefasto ideal para la gente común.

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Me gustan los bizcochos esponjosos de mi infancia, un mundo macizo sin tosquedad, la Biblioteca de Alejandría y la corte de Carlomagno.

En la corte de Carlomagno se invitó a intelectuales y se les adornaron con un número tan elevado y generoso de regalos que se quedaron para siempre en la Corte, o cerca de ella, durante decenios.

Carlomagno logró honestamente gustar y apreciar, degustar la poesía, implicarse en intereses teológicos. Nunca aprendió a escribir correctamente, pero parece que él mismo lo eligió así.

Durante su gobierno múltiples adiciones se hicieron al derecho lombardo o franco. Como en el Imperio Romano antes del Código Teodosiciano no consideraban excusa el desconocimiento de la Ley” William Kneale

Los hombres de Ley soñamos para un futuro, en lugar de este hoy atroz y carnicero, un nuevo Renacimiento carolingio.

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Anne-Marie-Louise d’ Orleans, duquesa de Montpensier por derecho propio, nació en el palacio real del Louvre de París. Su padre fue Gastón, duc d’ Orléans, hermano del rey Luis XIII de Francia. Ella era así prima del rey Luis XIV. Su título en la corte era La Grande Mademoiselle. Heredó riquezas fabulosas y el título de su madre -María de Borbón, duquesa de Montpensier-, que murió al nacer. Se convirtió en una figura importante en las guerras civiles francesas del siglo XVII conocidas como la Fronde. Por esto, fue exiliada a sus fincas en el extranjero durante un tiempo, pero luego se le permitió regresar. ESCRIBIÓ UNAS MEMORIAS que proporcionan un valioso relato de las cortes de Luis XIII y Luis XIV.

Sus Memorias son uno de mis libros favoritos.

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Pillé un resfriado en una misa en honor de Luis II de Baviera.

La celebramos la Cofradía de Extravagantes de España, una subsección de la Academia de Lunáticos fundada en Valladolid en el siglo XVIII.

Entiendo que el pecado se renueva en cada hombre y el perdón lo renueva cada loco.

Al salir de misa, grité en calzoncillos: “¡Vive le roi!”

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Si yo fuese Fouché, y, en lugar de en mi exilio gallego, estuviera en Cataluña, entonces guardaría mis vinos, papeles, legajos y editio princeps de mi biblioteca, escondería las corbatas de seda y los trajes de marca, compraría ropa de mercadillo, me dejaría trenzas de rastafari, y con unos perros caminando junto a mí, aprendería los himnos patrióticos.

Pero yo siempre fui más bien un Luis XVI, por lo que me erijo en rey supremo y plenipotenciario, acumulo riquezas y enajeno lienzos y estatuas, y, cuando los somatents vengan a ajusticiarme, lentamente sacaré mi pañuelo bordado del bolsillo, sonreiré dulce e irónico, me humedeceré los labios, y obligaré al lacayo asesino a que copie los últimos versos de mi epitafio.

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