Sigmund Freud acaba su Autobiografía con estas palabras: “Así pues, volviendo la vista a la labor de mi vida, puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido otras, de las cuales dispondrá el futuro. Por mí mismo no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser”. Nosotros creemos que ya sí; el psicoanálisis o psicología dinámica más que una ciencia en sentido estricto, con la posible (e inevitable) verificación y refutación de sus tesis, se convirtió en dos cosas complementarias: una mitología popular y una rama de la crítica literaria. Aunque esto no le gustara oírlo a Freud sus hipótesis han sido severamente criticadas y de esa extraña suma de (1) método terapéutico (2) método o análisis de procesos anímicos de las más hondas cavernas del ser (3) repertorio de ideas o tópicos (paulatinamente constituidos a lo largo de su vida) (4) análisis o dilucidación o elucidación de temas culturales, artísticos y religiosos , de esa suma de componentes de su obra, decíamos, lo menos perecedero y más fresco a mi juicio es (4).
Freud nació en 1856 en una pequeña ciudad de Moravia, en pleno imperio austrohúngaro. Una época que fue tan brillante como la Atenas de Pericles o la Florencia de los Médicis. Ahí nació la nueva física y la nueva matemática, el sionismo y el antisemitismo, la vanguardia poética, pictórica, literaria, musical, arquitectónica ETCÉTERA. Podemos decir sin equivocarnos que Freud fue un genio rodeado de genios, caso raro en la general atonía de los tiempos históricos, donde el genio deslumbra como una flor solitaria.
Comentando “El malestar en la cultura”, decir lo obvio; ahí Freud analiza la cultura y sus consecuencias para el individuo. Si en Tótem y tabú el genio vienés daba más importancia a las renuncias sexuales que a las agresivas, en “El malestar en la cultura” da más importancia a las renuncias agresivas. El camino seguido por la cultura para imponer esta renuncia consiste en dirigir hacia uno mismo la agresividad por medio de la conciencia moral, es decir, el súper yo exigente. Cito: “la tensión creada entre el severo súper yo y el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente, LA CULTURA DOMINA LA PELIGROSA INCLINACIÓN AGRESIVA DEL INDIVIDUO DEBILITANDO A ÉSTE, DESARMÁNDOLO Y HACIÉNDOLO VIGILAR POR UNA INSTANCIA ALOJADA EN SU INTERIOR, como una guarnición militar en la ciudad conquistada” Y más adelante señala Freud que “EL PRECIO PAGADO POR EL PROCESO DE LA CULTURA RESIDE EN LA PÉRDIDA DE FELICIDAD POR EL AUMENTO DEL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD”
La tesis de Freud está clara y es definitiva: la cultura hará siempre infeliz al hombre. El precio que debemos pagar por la civilidad es la infelicidad.
Yo opino que, dado el formalismo de la división de la psique en ello, yo y súper yo, a la deducción freudiana le sobra lógica y plausibilidad. Es como si con esta premisa del aparato psíquico no pudiera ser cualquier otra la conclusión. Y se me ocurre que una sociedad muy represiva con el ello se acercará a una sociedad totalitaria, y una muy represiva con el súper yo se acercará una sociedad libertaria y ácrata. Pero prefiero suspender el juicio y no caer en estas consecuencias o reflexiones, ni opinar sobre si el siglo XXI es más anarquista que totalitario (aplicando las categorías freudianas y los posibles o reales lugares de las censuras sociales)
NOTA FINAL: Es un placer leer a Freud. Siempre claro y con prosa elegante. Ante las dos pulsiones universales (la de amor o Eros o la de muerte o Tanática), el neurólogo vienés despierta en mí pulsiones de amor, ganas de leerlo y estudiarlo. Y, valga la ironía o chanza, las próximas elecciones de julio me hacen nacer instintos o pulsiones de muerte y aburrimiento absoluto.
