Diario de una soledad 11

«Mirar alrededor el curso de los astros, como quien gira con ellos; y contemplar también frecuentemente las mutuas conversaciones de los elementos: porque las consideraciones de estas cosas purifican a uno de las manchas de esta vida terrestre” Marco Aurelio

Y el emperador romano también recomendaba contemplar las estrellas: “Muchas cosas superfluas que turban tu paz interior, podrás cercenarlas, consistiendo todas en tu modo de opinar; y desde luego conseguirás un campo más ancho al desahogo de tu espíritu, con abarcar en tu mente todo este mundo”

Y nos advierte también el filósofo: “El Asia, la Europa, son unos rincones o ángulos del universo; el mar entero es una menudísima parte de agua del universo; el monte Athos es un pequeñito terrón del mundo; todo tiempo presente es un punto de la eternidad”

La AUTOCONCIENCIA CÓSMICA es una idea proclive a la charlatanería. Me gustaría aducir un argumento lógico que la complana de un modo claro y distinto. Si con tu cerebro piensas en el cosmos, entonces, como que tu cerebro es una parte del cosmos, al pensar con él en el universo, tu cerebro se convierte en el lugar geométrico en que el cosmos se piensa a sí mismo.

Tu cerebro, tu conciencia, tu alma, es la flor del universo.

Es curioso como siglos después de Marco Aurelio, un astronauta, Edgar Mitchell, el sexto humano que caminó por la luna, tuvo, al volver a la tierra desde el Apollo 14, tuvo un éxtasis contemplativo como referían las palabras de Marco Aurelio. Usando otro tipo de lenguaje, pero esencialmente expresando lo mismo, uno complementa al otro en una misma visión desde arriba. Esto declaró Mitchell en una entrevista:

“Estábamos en órbita perpendicular a la eclíptica, que es el plano que contiene la Tierra, la Luna y el Sol, y hacíamos girar la lanzadera para mantener el equilibrio térmico. Cada dos minutos aparecía por la ventana de la nave donde yo miraba una imagen de la Tierra, la Luna y el Sol, y un panorama de trescientos sesenta grados del cielo. Gracias a mis estudios científicos, era consciente de que la materia de nuestro universo se crea en sistemas estelares y de que, por consiguiente, las moléculas de mi cuerpo, y las de la nave, y las de los cuerpos de mis compañeros, habían sido modeladas o creadas en alguna antigua generación de estrellas. Y me di cuenta de que todos formamos parte de lo mismo, de que somos todos uno. Es lo que en física cuántica se llamaría interconexión. Fue el desencadenante de una experiencia que me hizo pensar: “¡Uau! Estas son mis estrellas; mi cuerpo está conectado a estas estrellas.” El pensamiento vino acompañado por una experiencia de profundo arrobo que tuvo continuidad durante todo el viaje, cada vez que miraba por la ventana”

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