
Que todo el mundo participe en el gobierno es una que idea que Dios, el obispo de Canterbury, yo y el reaccionario Kierkegaard, consideramos absurda. Dijo el maestro danés:
«La publicidad total comporta que el gobernar resulte una tarea absolutamente imposible. Porque todo gobierno se basa en la idea de que existen unos cuantos individuos con mayor perspicacia que los demás, cuya visión de futuro les faculta para gobernar. La opinión pública generalizada, en cambio, se basa en la idea de que todo el mundo debe participar en el gobierno»
La opinión pública de todas las épocas causa espanto y horror.
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Montaigne nos alecciona sobre la utilidad (e inevitabilidad) del sufrimiento. Líneas esclarecedoras en medio de tanto suflé de psicología positiva y autoayuda.
«Tenemos que aprender a sufrir lo que no podemos evitar. Nuestra vida está compuesta, igual que la armonía del mundo, de discordancias y de diferentes tonos, dulces y ásperos, bajos y altos. Si a un músico solo le gustasen de un tipo, entonces, ¿qué podría interpretar? Debe saber hacerlos servir todos y fundirlos unos con otros. Asimismo hacemos nosotros con nuestra vida, que es una mezcla de bien y de mal»
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Al leerme, y compararme con Gómez Jurado, Elvira Sastre, Mónica Carrillo o Elvira Lindo, espero que no piensen «cousinage, dangereux voisinage».
Son avulgarados trapaceros de music-hall. Escriben dando brincos en un estilo pogo-stick, dislocados y como canguros bebidos. Una cosa es ser fluido, sencillo y directo, y otra tener el esplenio roto.
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El 27 de Agosto del año 413 a.C. tuvo lugar un eclipse lunar de particular importancia histórica. Fue observado por Nicias y los atenienses que por entonces sitiaban Siracusa, Sicilia. Debían regresar a su patria ya que era riesgoso permanecer allí. Pero para los atenienses un eclipse era algo funesto por lo que postergaron el viaje con la consecuencia de que toda su flota fue tomada prisionera por los siracusanos.
Postergar o eclipsar la razón y la ciencia trae miserias y desdichas. La política hace mucho que no se rige por la deliberación y la previsión sino por la superstición, el populismo, la inmediatez, la mediocridad asumida, y el oscurantismo medieval. Probadas muestras tenemos ahora de ello.
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Quot homines tot sententiae. Terencio. «Tantos hombres como opiniones».
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«Porque el fascismo no consiste en impedir hablar, sino en obligar a hablar» Roland Barthes
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No recuerdo dónde lo he leído: analfabetos ha habido siempre, pero nunca tantos salidos de la Universidad.
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«Yo debo estudiar la política y la guerra para que mis hijos puedan tener libertad para estudiar matemáticas y filosofía. Mis hijos deberían estudiar matemáticas, geografía, historia natural, arquitectura naval, navegación, comercio y agricultura, para dar a sus hijos el derecho a estudiar pintura, poesía, música, arquitectura, estatuaria, tapicería y porcelana» Madison
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«Pero el algoritmo puede ir incluso mucho más allá. Hoy en día algunos ingenieros están desarrollando programas informáticos capaces de detectar las emociones humanas sobre la base del movimiento de nuestros ojos y músculos faciales. Añadamos una buena cámara a la televisión y ese programa sabrá qué escenas nos hicieron reír, qué escenas nos entristecieron y qué escenas nos aburrieron. A continuación, conectemos el algoritmo a sensores biométricos, y sabrá de qué modo cada fotograma ha influido en nuestro ritmo cardíaco, nuestra tensión sanguínea y nuestra actividad cerebral. Mientras vemos, pongamos por caso, Pulp Fiction, el algoritmo puede advertir que la escena de la violación nos causó un asomo apenas perceptible de excitación sexual, que cuando Vincent disparó por accidente a la cara de Marvin nos hizo reír de forma culpable y que no captamos el chiste sobre la Gran Hamburguesa Kahuna, pero aún así nos reímos, para no parecer estúpidos. Cuando uno se obliga a reír, emplea circuitos cerebrales y músculos distintos que cuando nos reímos porque algo es totalmente divertido. Los humanos no suelen detectar la diferencia. Pero un sensor biométrico podría hacerlo (…)A medida que los científicos conozcan cada vez mejor la manera en que los humanos toman decisiones, es probable que la tentación de basarse en algoritmos aumente. Acceder a su toma de decisiones no solo hará que los algoritmos de macrodatos sean más fiables, sino que los sentimientos humanos sean menos fiables. A medida que los gobiernos y empresas consigan acceder al sistema operativo humano, estaremos expuestos a una andanada de manipulación, publicidad y propaganda dirigidos con precisión. Nuestras opiniones y emociones podrían resultar tan fáciles de manipular que nos veríamos obligados a fiarnos de los algoritmos de la misma manera que un piloto que sufre un ataque de vértigo no ha de hacer caso de lo que sus propios sentidos le dicen y debe depositar toda su confianza en la maquinaria» Yuval Noah Harari, 21 lecciones para el siglo XXI.
