
Ellos que tienen una vida cinco estrellas,
paraguas de seda y sexo a gogó,
turquesas piscinas californianas, acuarios con peces amarillos,
editio princeps de las pieles más jóvenes,
que van a Samarcanda en Rolls-Royce,
y les hablan solo las hadas y hechiceras
de los barrocos más lujosos y últimos del mundo,
y su vida son focos y pasarelas internacionales,
viajes en first-class y baúles con flejes dorados
y no son felices,
y yo que tengo una pequeña aldea gallega,
una techumbre de estrellas lívidas,
una lluvia y pocas y humildes palabras verdaderas,
una ociosidad vagabunda,
un cementerio y, cerca, tres castaños,
el sueño tranquilo, perros y gatos silvestres,
yo que tengo una soledad unánime
como el puro caer de la nieve,
y el murmurar para mí de nubes y vientos,
la belleza suavísima de la niebla,
que sueño un largo camino con la mente,
yo que saboreo una luz que sabe a monte
y tampoco soy feliz.
