Libro dos desabafos 57

Me alimento con libros; su color vivo me da como una especie de familiaridad con la vida elevada. Los libros son como un collar tachonado de lebrel de Tiépolo, sanan el yo, parlotean y se agazapan en las constelaciones taladradas, ayudan a vivir nuestras vidas, como luz angelical blanca desbrozan el camino oscuro, como una llamarada toquetean nuestros meses primaverales; gracias a los libros aprendes a soportar tu soledad y tu mortalidad, y se acrecientan cada una de las etapas de tu vida (las del presente, pero también las del pasado y el futuro)

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En cambio, ingresar en la cultura indie o hípster requiere un esfuerzo intelectual increíblemente menguado. Yo soy «uncool«, y ni me van ni me vienen las vanidades juveniles, ni los irreales elitismos, ni los infundados sentimientos de superioridad.

Mi patrimonio son mis lecturas, una apreciación honesta de los placeres difíciles, pero también el disfrute consciente y libre de los placeres sencillos y populares (que oculto en el personaje literario de mis libros o que no muestro en las redes) No creo en las monerías drogadas del Sónar o el Primavera Sound. Aunque tuve mucho dinero (ahora nada) mi distinción viene de cuna y clase, no de preferencias estéticas supuestamente exquisitas. Mis ciudades son Boston y Roma y Atenas y Jerusalén, o lo fueron, no así la hortera Barcelona o el barrio de Brooklyn o la alocada Berlín, y mi música es Bach y no Sonic Youth, y mi editorial la antigua BAC o Gredos, y no Blackiebooks, y mi ropa convencional, no à la page según las vertiginosas modas, y mi prosa clara (pero con ribetes cultistas), y no pegajosa y hermética o experimental. Sé lo que soy, conozco mis poderes, no necesito fingimientos ni imposturas.

La tribu de los modernos de las grandes ciudades solo merece mi desprecio. Porque sí, certifiquémoslo, ingresar en las culturas alternativas requiere una inversión intelectual pequeñísima.

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Lectura de “Escaparate de venenos”, de Felipe Benítez Reyes. Obra magnífica, propia de un verdadero poeta en sazón. Casi una novela de terror en su meditación sobre el tiempo. Tiempo que es un hosco sueño, que a la par nos hace y deshace, un páramo o silueta de niebla. El Tiempo es el fondo viscoso de la Nada en la confusión del rostro. Cito «Como aquel que, en medio del silencio / de la desnuda madrugada, oye a su hija / adolescente vomitar, maquillada y bebida, / al volver de una fiesta, / ahora oyes caer sobre tu infancia / toda la corrupción del tiempo, / gota a gota.«

Benítez Reyes habla de los imperios de ceniza, angustia y espejismo de la vida que pasa, las nuevas y añadidas incertidumbres, las turbias sustancias de miedo del pasado, aquello que siempre es ayer y mañana, los borrones oscuros de tantas sombras que nos acechan, «El brote incierto del jazmín / que era el futuro. / Y estalló esa blancura. Y fue una niebla.«. El poemario tiene múltiples, recurrentes hallazgos expresivos empaquetados en una lírica costumbrista, son poemas hondos y elegantes y que se entienden, con una esencia figurativa o realista en el correlato metafórico.

También destaca el poeta en la minuciosa descripción de los detalles sensitivos, lo que provoca una red clara de asociaciones mentales. Los temas son varios y entrelazados: lo caduco de la experiencia, lo efímero de lo importante, lo desolado de la soledad inevitable, lo ruin de lo eterno, lo febril de la consumación, los dones errabundos de la existencia, los hipnóticos astros cegados que caminan por las esferas…

En fin, un libro y un poeta sumamente recomendable, porque es un poeta sin imposturas, un pensamiento sin doblez, una visión sin añagazas.

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Lectura de “Farol de Saturno”, de Antonio Martínez Sarrión. Libro dividido en dos partes, una primera de preceptos estéticos y éticos, de visión general de los asuntos del mundo, no ayunos del peculiar tono hosco y abrupto propio del poeta, y una segunda elegíaca hacia los objetos modestos del recuerdo, rilkeanamente humildes.

Martínez Sarrión en su primera época usaba una suerte de descoyuntamiento textual, una especie de asociaciones psicodélicas. Prescindía de los nexos oracionales y de las correlaciones lógicas, por lo que su poesía difícilmente emocionaba. Eran como meditaciones autistas. Si no recuerdo mal desde El centro inaccesible hay una inflexión en su poesía para proveerla de mayor comunicatividad y transitividad para con los lectores.

En este Farol de Saturno la expresión es clara y legible, el discurso muy racional. Con una sarcástica retórica de tono elevado y culto, el libro emociona y traspasa. Acaba un poema así: «En lo tocante a gentes de su edad / según el enunciado / mucho depende la desilusión / de que sean blindados marsupiales / neoconsevadores e irrecuperables / o gentes del común, que aceptan ir en «metro» / y a nadie, con afán denigratorio / motejarían de tercermundista«. Hace gracia la ironía (pese al desmochado de progre de salón)

Yo, en lo tocante a gentes de mi edad, deploro su estética de domingo, su pinta de olifantes ridículos, que se afanen y engolfen con gordezuelas secretarias, el deplorable río de televisión de su cerebro, y que carezcan del mínimo afán de distinción. La mala leche -creo que un rasgo de carácter suyo- del escritor fulge también en esta observación: «Es tan proliferante esta metástasis / de mentecatos y de dominguillos / que, más allá de sus propias boñigas, / solo hablan del mirífico mercado / de que tienen el «móvil» descargado / o de las series norteamericanas. / Por eso ya no salgo de casa / sin plantarme / mi escafandra de buzo«. Sí, te entendemos.

Libro mayor de un poeta ya sin ínfulas vanguardistas.

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Poesía…mansardas y rígidos foulards quemándose en las chimeneas. Poesía…peces encendiendo polvorientas piscinas. Poesía…garganta ávida forjada en el órgano fonador divino. Poesía…playas de top-less donde excava el Deseo.

No me gustaría leer toda la poesía del mundo. El 95% es mala y aburre. El mundo rebosa de poetastros ¡PERO LAS REDES DE CIPRIA TAN TEMIBLES!

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