No vivo en una casa, sino en una biblioteca. Mi casa -un pazo del siglo XVIII- es muy grande y alberga alrededor de 25.000 volúmenes. Prácticamente no salgo de casa (y eso que embobarse con un bóvido o con el cielo perfectamente pulido, sin una grieta, que parece una superficie cerrada, o una membrana de biombo japonés, son actividades nobilísimas)
Leo y escribo y estudio. A mi perra le hablo en distintos idiomas y adopté una notable colección de gatos silvestres (que ni a mí ni a la perra nos molestan) Ahora son las cuatro de la tarde y por la ventana veo nubes que parecen dibujadas con un pincel demasiado fino. Y siento la gravitación casi física de los libros (Borges)
Un libro no es nunca un objeto inerte: es una forma de conversación diferida, un artefacto de memoria que nos obliga a demorarnos en lo que no es inmediato. Leer es, en el fondo, una forma de resistencia contra la vulgaridad del presente. Quien no ha aprendido a leer despacio no ha aprendido a pensar. Los libros, cuando son verdaderos, no informan: forman. No están hechos para el consumo rápido ni para la erudición ornamental, sino para modelar el juicio, afinar el oído y templar la inteligencia. Un lector que no ha sido transformado por sus lecturas es, en rigor, un no lector. La lectura es una forma de hospitalidad: acogemos en nuestra conciencia voces que vienen de lejos, de siglos remotos, y las dejamos hablar en nosotros. El libro es una casa sin puertas donde el tiempo deja de ser una barrera y se convierte en una conversación.
«Liber non est res, sed forma vitae». Mis sueños más libidinosos son sobre libros. Sueño con un códice en cuarto mayor, con tablas de roble recubiertas de piel vacuna teñida en un rojo apagado, casi ferruginoso. La cubierta, ciega de hierros, presenta un reticulado geométrico de inspiración lombarda; en los ángulos, pequeños hierros florales apenas insinuados, como si el artesano hubiera querido contener la ornamentación. Dos broches de latón —ya oscurecidos por la mano— cierran el volumen con una presión seca. Al abrirlo, el pergamino exhala ese olor leve a grasa y polvo frío que sólo conservan los códices bien guardados. La escritura es una gótica textualis, compacta, de tinta ligeramente parda, con capitulares en azul ultramar y rojo cinabrio, algunas enriquecidas con oro bruñido que aún conserva, en los bordes, el mordisco del cuchillo.
Sueño con un ejemplar en octavo, de piel fatigada, con el lomo vencido hacia adelante, como si hubiera sido leído más veces de las que su estructura permite. No hay rigidez: el libro se adapta a la mano. El interior está vivo: márgenes llenos de anotaciones, manos distintas, tintas superpuestas. Algunas frases subrayadas con trazo nervioso; otras rodeadas con una calma casi geométrica. El texto impreso —claro, sin afectación— sirve de base a ese diálogo continuo.
Sueño mientras el cielo ahora es de un azul excesivo, un azul casi artificial (azul de Patinir), como si alguien lo hubiera esmaltado durante la noche con una capa fresca de eternidad.
Feliz Día del Libro, amigos.
