San Jerónimo (PL 22, Epistulae 52): «Lege frequenter, immo semper manus tua teneat librum; disce quod doceas. Ego non solum lector esse cupio, sed iudex; nec aliena tantum, sed mea quoque examino, ut quidquid in me est vel probetur vel emendetur», “Lee con frecuencia, más aún: que tu mano sostenga siempre el libro; aprende para poder enseñar. No deseo ser solo lector, sino juez; y no examino solo lo ajeno, sino también lo mío, para que todo lo que hay en mí sea aprobado o corregido”.
Francesco Petrarca (Epistolae familiares): «Ego vero, si quid in me est ingenii, non ad praesentium iudicium, sed ad posteritatis examen defero; neque me latet quam sit difficile placere omnibus, sed satis est si paucis et doctis placeam», “Si hay en mí algún talento, no lo someto al juicio de los presentes, sino al examen de la posteridad; y no ignoro cuán difícil es agradar a todos, pero me basta con agradar a unos pocos, y sabios”.
Erasmo: «Ego mihi conscius sum quid valeam; neque me fugit quam multi sint qui sine iudicio scribant. Malo pauca scribere quae vivant, quam multa quae statim moriantur», “Soy consciente de lo que valgo; y no ignoro cuántos escriben sin juicio. Prefiero escribir poco que perdure, antes que mucho que muera al instante”.
Giambattista Marino: «È del poeta il fin la meraviglia; chi non sa far stupir, vada alla striglia», “El fin del poeta es el asombro; quien no sepa asombrar, que se vaya a cepillar caballos”.
La declaración “soy el mejor escritor” no es una anomalía, sino la forma desnuda y moderna de una convicción: que la excelencia literaria implica una autoconciencia jerárquica que solo se justifica plenamente en la obra. El tribunal no es el de los contemporáneos —ruidosos, volubles—, sino el de la posteridad, que tarda pero no yerra. Escribir es apelar a un juicio que aún no existe.
Sé lo que valgo en medio de la proliferación de voces que escriben sin juicio, sin forma, sin duración. No hay estilo sin esa conciencia. Nada de esto es nuevo. Solo se ha perdido el coraje de decirlo sin rodeos. No busco lectores: selecciono a quienes pueden seguirme. No compito: permanezco.
Mi obra no pide permiso al tiempo: lo obliga. No escribo para los vivos. Escribo contra ellos.
Y eso basta.
