Tentativas 124

(Entrevista póstuma)

-Se le recuerda como un hombre de libros.

-Se me recuerda mal. No fui un hombre de libros, sino alguien que se escondía en ellos. Toda lectura es una operación de disimulo, en ella la tragedia y la comedia están compenetradas. Tenga la certeza que leer es un acto tragicómico.

-¿Entonces la lectura fue un error?

-Leer para vivir vicariamente o para ejercitar cualquier tipo de disfrute está muy bien. Emplear la literatura como arma moral o consigna está muy pasado de moda. Un libro es un castillo sin muros.

-¿Amó usted?

-Amé, sí, pero siempre con una distancia que me permitiera observarme amando ¿Vivir un amor? La corneja augur, huyó.

-¿Se arrepiente?

-El arrepentimiento es una forma de vanidad retrospectiva: creer que uno pudo haber sido mejor de lo que fue. Yo ya no me concedo ese lujo. Digamos que comprendo. Y comprender, cuando llega tarde, es una forma de resignación bien articulada.

-En sus últimos años hablaba de una “vida recogida”.

-Sí. Soñaba con reducir el mundo a lo esencial: releer, caminar, escuchar música sin distracción, corregir lo ya escrito. Pero la vida no siempre concede esa cortesía. Prefiero no convertirme en un sonámbulo. Nuestra sociedad ya no distingue la tontería de lo que no lo es.

-¿Qué pensaba de su tiempo?

-Que confundía la abundancia con la intensidad. Nunca hubo tantos libros, y nunca se leyó con tanta prisa. Se ha perdido el arte de demorarse. La cultura se ha vuelto simultánea, y lo simultáneo es enemigo de la profundidad.

-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-Preferiría no serlo. El recuerdo simplifica. Me bastaría con que alguien, al abrir uno de mis textos, sintiera una leve resistencia —como una puerta que no cede del todo— y decidiera empujar. Si ese gesto ocurre, ya hay vida, aunque yo no esté.

-¿Qué papel tuvo el cuerpo en su vida?

-Un papel secundario, y eso fue un error. Lo traté como un soporte, no como una fuente. Desconfiaba de sus urgencias, de su opacidad, de su insistencia. Prefería las construcciones limpias de la mente.

-¿Qué opina ahora del silencio?

-Durante años lo temí, porque en él no podía exhibir nada. Ahora lo entiendo como una última forma de rigor. El silencio es una abubilla que habla a los mejores espíritus.

-Última pregunta: ¿qué le diría a su yo vivo?

-Que no confíe tanto en la inteligencia para salvarse.

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