Cornaro 17

Discrepo amablemente del marxismo. Una civilización no es un problema técnico que deba resolverse, sino una conversación heredada que debe continuarse prudentemente. La tentativa de abolir el mal mediante la política conduce normalmente a la multiplicación del mal. Intentar hacer algo inherentemente imposible es siempre una empresa corruptora; por ello no coincido con las ideas de la izquierda extrema. Además, y como escribió mi maestro Mises en un apotegma ya famoso: “Donde no hay mercado libre, no hay mecanismo de precios; sin mecanismo de precios, no hay cálculo económico”.

Si el esfuerzo extraordinario recibe igual recompensa que la mediocridad, entonces disminuye la productividad, desaparece innovación y surge una burocracia parasitaria. Se ha repetido, pero conviene no olvidarlo: la ultraizquierda tiene la clásica estructura mental milenarista, a saber, la visión de una historia providencial, la creencia en una redención final, la idea de una clase elegida, la felicidad pospuesta a un paraíso futuro, la peligrosa demonización del adversario, y el convencimiento de la inevitabilidad histórica.

Popper evaluó la estructura científica del marxismo y su conclusión fue clara: “Marxism is irrefutable because its adherents reinterpret every conceivable event as confirmation”, “El marxismo es irrefutable porque sus adeptos reinterpretan cualquier hecho imaginable como confirmación” (hecho que comparte con el esoterismo, el psicoanálisis y las otras pseudociencias)

La tesis central de Isaiah Berlin es que los valores humanos fundamentales son múltiples, legítimos y frecuentemente incompatibles entre sí. Libertad, igualdad, justicia, compasión, excelencia, orden, creatividad o felicidad no pueden integrarse perfectamente en un único sistema racional sin pérdidas ni conflictos. Por eso rechazaba todas las ideologías monistas —entre ellas el marxismo— que prometen reconciliar definitivamente la historia en una armonía total. Para Berlin, la tragedia forma parte constitutiva de la condición humana: a menudo debemos elegir entre bienes auténticos que chocan entre sí. Cuando una doctrina afirma poseer la solución única y final para todos los problemas humanos, termina justificando la coerción y el sacrificio de la pluralidad real de la vida. De ahí su defensa de una sociedad liberal, imperfecta y abierta, consciente de que ninguna utopía puede abolir la complejidad contradictoria del hombre.

Jean-François Revel sostuvo que el gran problema intelectual del siglo XX no fue solo el totalitarismo comunista, sino la indulgencia sistemática con que buena parte de los intelectuales occidentales lo contemplaron. Según Revel, el marxismo sobrevivió durante décadas gracias a una mezcla de ceguera ideológica, autoengaño moral y desprecio hacia las democracias liberales. Para él, el marxismo funcionó como una religión secular que proporcionaba a muchos intelectuales una ilusión de superioridad moral y sentido histórico.

Milton Friedman defendió que la libertad económica es condición necesaria para la libertad política. Cuando el Estado controla completamente la producción, el empleo y los ingresos, termina adquiriendo también poder sobre la expresión, la disidencia y la vida privada. El mercado no era para Friedman un sistema perfecto, sino el mecanismo menos coercitivo y más eficaz conocido para coordinar sociedades libres. Su crítica al marxismo y al socialismo descansaba, en último término, en una desconfianza profunda hacia la concentración del poder político y burocrático

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