Cornaro 18

La primera condición para comprender una religión es no confundirla con la histeria colectiva que a veces se organiza en torno a ella, dijo -creo- Unamuno. Hay un auge del pentecostalismo y similares. El sentimentalismo religioso suele ser el sustituto plebeyo de la verdadera experiencia espiritual. La superstición popular se vuelve especialmente peligrosa cuando adquiere poder político.

“Siempre que una Iglesia pretende gobernar civilmente, termina degradando tanto la política como la religión”, Alexis de Tocqueville. “Cuando el poder político se cree portavoz de Dios, la discrepancia deja de ser error y pasa a ser sacrilegio”, Hannah Arendt.

El espíritu evangélico ha sido profundamente antiintelectual desde el principio. El énfasis siempre recayó más en la emoción que en el intelecto, más en el sentimiento que en el pensamiento, más en la salvación personal que en la comprensión crítica. La tradición evangelista desconfiaba de la inteligencia cultivada porque temía la complejidad, la ambigüedad y el escepticismo. Prefería la certeza, la inmediatez y la entrega emocional. En semejante clima, el refinamiento intelectual terminó siendo considerado no solo innecesario, sino espiritualmente peligroso.

Una cultura incapaz de distinguir entre conocimiento y sentimiento termina perdiendo la capacidad de autogobierno racional. La elevación de la creencia personal por encima de la evidencia, la competencia y la investigación disciplinada crea una atmósfera donde florece la superstición y el discurso público degenera en espectáculo emocional.

Me preocupa el auge de pentecostales y evangelistas en España.

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