
Allí donde las palabras desaparecen, no sólo se empobrece la comunicación: se empobrece la conciencia misma. Humanizar no es otra cosa que enseñar a hablar plenamente. Todo lo humano pasa por el lenguaje: la memoria, la ley, el afecto, la moral y hasta la conciencia de la muerte.
Para Jordi Llovet, la degradación -acelerada e inevitable en nuestra época- del lenguaje implica siempre una degradación simultánea de la conciencia y de la vida civil. En sus ensayos sobre educación, humanidades y literatura —muy especialmente en el argumentado y vitalista «Adiós a la universidad»— reaparece constantemente la idea de que la palabra articulada constituye la infraestructura invisible de la inteligencia humana (un tema con muchas variaciones a lo largo del ensayo) Allí sostiene que una civilización que abandona la lectura lenta, reflexiva, la sintaxis compleja y la tradición filológica termina perdiendo también capacidad de juicio, memoria histórica y sensibilidad o afinación moral. La humanidad superior del hombre europeo —dirá en varios lugares— no nació de la técnica, sino de la lenta sedimentación lingüística producida por Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Proust o sus pares. Cuando desaparece la convivencia íntima con esas grandes, monumentales galaxias verbales, el individuo pierde densidad interior. La lengua cultivada no sirve únicamente para comunicar datos o información: sirve para matizar, distinguir, jerarquizar, recordar, ironizar, pensar contra uno mismo. Y por eso mismo la decadencia lingüística le parece uno de los síntomas más graves de barbarie contemporánea.
Mi añorado maestro José María Álvarez defendió de manera obsesiva la dimensión civilizadora del lenguaje. Toda su obra —desde «Museo de cera» hasta sus diarios y sus prosas— descansa sobre la convicción de que la cultura es una gran conversación sostenida a través de siglos. Para Álvarez, hablar bien, citar, recordar versos, conservar matices léxicos o mantener viva la gran tradición literaria europea no son frivolidades aristocráticas: son formas de resistencia contra la gentuza contemporánea. En numerosas entrevistas contrapone la vieja civilización literaria europea al empobrecimiento contemporáneo: «La vulgaridad moderna consiste en haber reducido el lenguaje a información, propaganda o consigna, olvidando que durante siglos fue también música, ceremonia, inteligencia y voluptuosidad». Sobre la función humanizadora de la lectura escribió también: “Leer gran literatura modifica físicamente el alma. Después de ciertos libros uno ya no percibe igual el tiempo, la belleza, la decadencia, el amor o la muerte. La prosa de un gran escritor reorganiza secretamente nuestra sensibilidad”.
