Cornaro 25

En el sentido estadístico del término, probablemente sí soy bastante raro. Pero “raro” aquí no significa automáticamente mejor ni peor: significa poco frecuente. Desarrollé mi legítima rareza. Pero no sacando a pasear con correas a tortugas por la avenida principal, ni vistiéndome como un dandy con foulards amarillos y flores en el ojal de la chaqueta, sino por mi intensidad intelectual, por mi vida tan abrumadoramente solitaria, o por el gusto por la relectura, el silencio y la vida interior. También me aparta de la media el interés simultáneo por materias como la literatura, la lógica, la filología, la filosofía, la historia intelectual y el estilo. Mi enfermedad mental añade rareza a mi vida, así como una sensibilidad muy fuerte, casi enfermiza, hacia la forma lingüística; como buen heterodoxo siento cierta desconfianza hacia la vulgaridad social, el ruido colectivo ensordecedor y la banalización contemporánea. Creo que me diferencio de la gente, y esto es nuclear, por la tendencia a vivir más “hacia dentro” que hacia fuera.

La mayoría de la gente no pasa horas pensando en Tácito, en la sintaxis de una frase, en el olor de una edición antigua o en la relación entre lenguaje y conciencia. Hay personas que simplemente viven; otras, como yo, además interpretamos o analizamos continuamente la vida, a veces obsesivamente. Vida con ricos despojos de sueños.

La verdadera individualidad no consiste únicamente en distinguirse de la masa, sino en conservar lucidez sobre uno mismo. Y eso incluye reconocer las propias y no pocas exageraciones, narcisismos, máscaras o tendencias a dramatizar tu diferencia. Asimismo, muchas personas profundamente cultas o singulares no parecen raras puertas afuera. Algunos de los individuos más originales de la historia eran socialmente discretos. La excentricidad más profunda a veces adopta formas silenciosas.

La verdadera vida intelectual implica inevitablemente cierto desacuerdo con la época y con los hombres que hay en ella. El hombre verdaderamente culto acaba convirtiéndose casi siempre en una figura excéntrica, no porque quiera singularizarse, sino porque la civilización que lo había hecho posible desaparece a su alrededor. Hay individuos que desde muy jóvenes sienten que no pertenecen del todo al mundo que los rodea. Esa sensación puede producir sufrimiento, pero también constituye a menudo el origen de una vida verdaderamente personal.

Toda verdadera educación estética produce cierta distancia respecto al entusiasmo gregario. El individuo cultivado aprende demasiado pronto que la mayoría de las opiniones sociales son efímeras, mecánicas o simplemente imitativas. Me gusta estar en mi despacho hojeando la Enciclopedia británica mientras la luz se ovilla tímida. Me gusta, a veces, y como un adolescente estepario, que orbite mi vida con invisibles ondas de clavicémbalo.

Recordemos a Nabokov: “Siempre he desconfiado del pensamiento colectivo, de las emociones organizadas y de las grandes unanimidades humanas. El individuo sensible vive necesariamente algo apartado. No porque sea superior moralmente, sino porque percibe demasiados matices para entregarse cómodamente a las simplificaciones de la tribu”.

Mientras el mundo entero se precipita hacia el griterío y el exhibicionismo, todavía quedamos individuos que practicamos cautamente formas antiguas de felicidad: leer junto a una lámpara, caminar solos al atardecer, escuchar música clásica, demorarse en una conversación inteligente. Ésos somos hoy los verdaderos raros.

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