
Supongo que está meridianamente claro que buscar constantemente la aprobación exterior es propio del rebaño. La excentricidad ha abundado siempre allí donde reinaban la fuerza moral y la riqueza cognitiva; y el hecho de que hoy haya tan poca excentricidad en el mundo es uno de los principales peligros de nuestro tiempo. Yo soy estrafalario ¿Es una necesidad ardiente construirse una personalidad original dentro de los límites exteriores de las conveniencias, sin caer -por supuesto- en el histrionismo narcisista, exhibicionista o adolescente? A mi juicio, eso es un imperativo ineludible.
El tipo bizarro puede soportar mejor largos períodos de lectura, de trabajo solitario o de contemplación, es decir, tolera mejor la soledad. Muchas personas “raras” poseen intereses intensísimos y aparentemente inútiles: lenguas muertas, insectos, miniaturas persas, lógica modal, relojes del XVIII, criptografía renacentista; ello puede conducir a una fructífera concentración obsesiva. Muchos excéntricos, o algunos, reniegan a vivir de un modo utilitario, y aspiran a convertir su vida en una obra de arte. También fácilmente resisten las consignas y modas pasajeras. Asimismo muchos grandes eruditos, científicos o artistas parecieron “raros” precisamente por su independencia intelectual, por su punto de vista original sobre la vida y la realidad. Por último, algunos son muy creativos y nos sorprenden con sus asociaciones inesperadas y su pensamiento divergente.
“La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son opiniones ajenas, sus vidas una imitación, sus pasiones una cita. Ser natural es simplemente una pose, y la más irritante de todas las poses”, Wilde.
“El hombre de genio quiere ser uno; el hombre vulgar quiere ser muchos. El genio experimenta horror ante la uniformidad. La multitud le parece un inmenso depósito de lugares comunes”, Baudelaire.
“Hay personas cuya rareza exterior no es más que el reflejo visible de una vida interior extraordinariamente activa. El mundo práctico las juzga absurdas porque no obedecen al ritmo ordinario de las conversaciones, las ambiciones o las costumbres”, Virginia Woolf.
“Las personas superficiales creen que la originalidad consiste en una diferencia visible y teatral. Pero la verdadera originalidad procede de una diferencia profunda en la manera de sentir”, Proust.
