Cornaro 43

(Venecia)

El aire (de mimbre azul y mármol) estaba impregnado de una dulzura mórbida y caediza; el viajero sentía cómo sus sentidos se abandonaban lentamente a una languidez voluptuosa como una magnolia húmeda en julio. Todo parecía inclinarse hacia una disolución silente y definitiva: las fachadas descoloridas reflejadas en las aguas verdosas, el olor mezclado de marisma y perfume, el moroso deslizarse de las góndolas negras, semejantes a ataúdes flotantes.

Yo fui feliz en Venecia: el ojo vivía continuamente ante la presencia de reflejos, duplicaciones, ondulaciones. Vuelan ángeles plenos de índigo. Las aguas oscuras, los mármoles fatigados, los palacios que parsimoniosamente se hunden como memorias aristocráticas, enseñan mejor que ningún tratado la elegancia de la decadencia. La luz profunda enriquece a los ojos oscuros. Ninguna ciudad ha sabido agonizar con tanta magnificencia. Anochecía.

El mármol que se descompone lentamente bajo una luz teatral. La ciudad se deshacía lentamente en la bruma vespertina. Las aguas golpeaban los cimientos con una paciencia milenaria. Desgrana el violín: aquí no habitan escorpiones. Caminábamos como dentro de un sueño fatigado de belleza. Venecia enseña quizá mejor que ninguna otra ciudad que toda hermosura verdadera contiene ya una semilla de desaparición.

El alabastro, los pórfidos y las tracerías góticas reciben continuamente reflejos líquidos que modifican su color a cada hora del día. Ninguna línea permanece enteramente fija. Nadie habla. Una adolescente rubia, reclinada en el banco, pasa el dedo por la espalda a su compañero. La arquitectura participa del movimiento del mar y adquiere así una especie de respiración melancólica. Los balcones abiertos sobre el canal, las ventanas ojivales repetidas con ritmo musical -¡delicia, delicia!- y las escaleras que descienden directamente al agua producen la impresión de una civilización que hubiera querido transformar la vida entera en ceremonia.

Las fachadas, doradas por la tarde, se reflejaban en el canal con una suavidad acuosa que las hacía vacilar entre la realidad y el recuerdo. Nada allí poseía la dureza seca de la arquitectura terrestre: todo parecía dispuesto para una existencia flotante, musical, soñadora.

Los cafés venecianos conservan todavía una cortesía decadente que Europa ha olvidado. Dos ancianos elegantes salen del Flore cogidos de la mano. Uno se sienta frente a una copa, escucha un cuarteto bajo las arcadas y contempla desfilar lentamente a turistas, viejos aristócratas arruinados, mujeres elegantísimas y camareros de impecable chaqueta blanca. Todo parece ocurrir con una lentitud dorada, como si el siglo XVIII se negara todavía a morir.

Yo fui feliz en Venecia. Tenía catorce años la primera vez que la visité. Nada allí parece enteramente sólido: ni los palacios, ni la memoria, ni el tiempo. La ciudad flota entre el lujo y la ruina como una gran ópera fatigada. En ninguna otra ciudad se habla tanto, se comercia tanto, se conspira tanto, se ama tanto y se ríe tanto como en Venecia. El espíritu veneciano consiste en mezclar placer y astucia con una naturalidad perfecta.

El silencio parecía habitado por los fantasmas de los imperios.

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