
Las personas inteligentes toleran significados incompatibles sin necesidad de reducirlos inmediatamente a una doctrina. La estupidez moderna consiste menos en ignorar que en sentirse moralmente superior mientras se ignora. La verdadera educación no consiste en saber muchas cosas, sino en adquirir ciertos hábitos de atención. Repitámoslo por enésima vez: la sociedad moderna adora la novedad porque ha perdido la capacidad de reconocer la grandeza.
Mi maestro Auden escribió que un hombre civilizado debería poder conversar sobre poesía, religión y política sin convertirse inmediatamente en un fanático (W. H. Auden, «The Dyer’s Hand and Other Essays». New York: Random House, 1962) Ser culto hoy tiene algo de exilio, incluso de signo de Caín. La sociedad tolera la cultura como entretenimiento ligero, pero desconfía profundamente de quien organiza su vida alrededor de los libros. Cuando acudo a la biblioteca universitaria de Orense, los estudiantes están embebidos en la fosforescencia luciferina de los ordenadores y tablets, y casi nadie explora ya la sabiduría del papel.
Europa fue durante siglos una conversación entre muertos ilustres. Hoy apenas queda el ruido maquinal del turismo. Advirtamos la paradoja: jamás hubo tanta educación y jamás hubo tan poca veneración por el saber.
José María Álvarez escribió muchas veces —en poemas, diarios y entrevistas— desde la conciencia aristocrática y melancólica de pertenecer a una tradición cultural en retirada. En «Museo de cera» aparece constantemente esa idea del hombre culto como último depositario de un mundo refinado que la vulgaridad contemporánea ya no comprende: “Somos ya muy pocos los que todavía sabemos emocionarnos con ciertas cosas: una edición veneciana, un cuarteto de Haydn, el olor de una biblioteca al anochecer, la conversación inteligente. El mundo moderno ha sustituido la pasión por la cultura por la información y el estilo por la opinión”. Vale.
P.S. Perdonen la densidad marmórea de esta nota. Me aflige una melancolía poco coloquial e irónica.
