
Consistentes y completas ideas de Guillermo Carnero: «Pero lo que no era esperable es que la cultura iletrada creciera como un tumor hasta ser dominante, lo cual ha sido posible porque la cultura letrada ha perdido la batalla de la comunicación. Y mientras la degradación de la educación impedía la formación de anticuerpos defensivos, la cultura iletrada ha dispuesto a su antojo de los medios de comunicación de masas, la televisión y las llamadas redes sociales. El analfabetismo de ese mundo paralelo ha evolucionado hasta convertirse en la cultura de quienes carecen de otra. Sus víctimas son millones: un referéndum cotidiano en el que la calidad es sustituida por la popularidad descerebrada, y descubren subproductos que pueden digerir sin esfuerzo, con cuya mediocridad se solidarizan porque reafirma y ennoblece la suya». De ahí podría inferirse la creciente irrelevancia pública del intelectual clásico.
Creo, y disculpe la caricatura, que existe una tradición del intelectual como conciencia moral pública (Zola, Orwell, Sartre, Chomsky… ) y otra que la considera guardiana o custodia de la complejidad frente a la simplifación ideológica (Trilling, Orwell, Wilson, Oakeshott, Steiner… )
Yo soy un mero diletante, pero creo que, las ideas políticas, cuando son abrazadas con fervor religioso por intelectuales encerrados en construcciones doctrinales autosuficientes, tienden a convertirse en sistemas abstractos capaces de justificar cualquier violencia. El «clerc engagé» a menudo «cree que existe una solución final para todos los problemas humanos; entonces inevitablemente llegará un momento en que habrá que obligar a los hombres a ser felices a la fuerza” (I. Berlin) Y perdone la sobregeneralización.
P.S. Disculpe por abusar con mis zonzas ideas. Usted aviva mi vulgar entendimiento.
***
Percibo ecos o sutiles resonancias en su excepcional artículo con Max Weber, Hannah Arendt, George Steiner, e incluso Guy Debord. En «Intellectuals and Society» (escrito en un inglés tan «passador» que ni te das cuenta de que estás leyendo en un idioma extranjero) escribe Sowell: «Los intelectuales constituyen una clase peculiar de personas cuya ocupación principal consiste en tratar con ideas. Pero el hecho de trabajar con ideas no implica necesariamente poseer sabiduría práctica, prudencia o conocimiento superior sobre el funcionamiento de la sociedad». Esto conecta directamente con el final de su artículo: el prestigio ya no depende del saber profundo, sino del control retórico y mediático. Sowell añade algo todavía más duro: «A diferencia de ingenieros, médicos o empresarios, los intelectuales rara vez sufren consecuencias directas por sus errores. Sus ideas pueden fracasar repetidamente y, sin embargo, su prestigio permanecer intacto.» Aquí aparece el núcleo del problema moderno: la sustitución de la autoridad moral clásica por la celebridad ideológica. En muchas sociedades modernas, el intelectual no desafía al poder cultural predominante; forma parte de él.
Nada tienen que ver estos nuevos intelectuales con las peregrinaciones cortesanas del humanismo europeo, donde si algo nunca faltaba era grandeza. Nada que ver Diderot asesorando a Catalina la grande, o Vives a la princesa de Inglaterra, con periodistas (no citaré nombres) asesorando al Sr. Sánchez; nada se parecen Descartes dando clases a Cristina de Suecia con el Sr. Miguel Ángel Rodríguez aleccionando a la Sra. Ayuso; nada comparable Erasmo consejero áulico de Carlos V con Pablo Iglesias cabeza pensante de Podemos (y disculpe si bajé algo al barro cotidiano)
Monsieur Homais, de una medianía intelectual tan patente y aguda, retórica banal, autosuficiencia, mediocridad satisfecha, es el emblema o símbolo de la nueva y chispeante clase intelectual, tan autocomplaciente y celebrada por los medios. Vamos a menos.
***
«The Dunciad», de Pope, presintió de forma satírica y casi profética en el siglo XVIII la sustitución progresiva de la autoridad intelectual por la vulgaridad mediática y el prestigio vacío. Su gran intuición consiste en comprender que la necedad no actúa sola, sino aliada con el espectáculo, la moda, el resentimiento y la protoindustria editorial.
El artículo del profesor Llovet sostiene que el intelectual ha perdido el ascendiente casi sacerdotal que poseía desde Voltaire hasta Sartre. En Pope ya aparece esa crisis en estado embrionario. En lugar de sabios o humanistas, la sociedad comienza a llenarse de figuras cuya notoriedad deriva del escándalo, la banalidad o la pura visibilidad.
El texto lamenta que la opinión pública haya pasado de escuchar a figuras como Sacristán, Russell o Sartre a obedecer la lógica de los medios de masas y la fama trivial. Pope describe exactamente el nacimiento de esa degradación: periodistas mediocres, editores oportunistas, autores triviales, cultura transformada en mercado.
El intelectual estaba investido de una autoridad derivada de la sacralización propia del eclesiástico. Eso encaja perfectamente con la dimensión casi teológica de «The Dunciad». Pope imagina la estupidez como una falsa religión. Dulness no gobierna solo literariamente: establece una anti-civilización. El poema está lleno de imágenes de oscuridad espiritual, inversión jerárquica y corrupción del juicio.
«The Dunciad» sigue siendo minuciosamente vigente profetizando desde las insulsas universidades actuales, la locura cultural que nos asola, o los medios de comunicación infames e incluso la oclocracia. Parece que el horror cultural se solaza en su destrucción. La Dunciada o Asnada de 1742 habla de lo que hay ahora en 2026.
“Al pie de su escabel, la Ciencia gime encadenada
y el Ingenio teme al Exilio, las Penas y el Dolor.
Allí, la Lógica rebelde espumajea, la bella Retórica languidece por los suelos;
nacen de la sofistería sus armas romas,
desvergonzadas Procacidades adornan sus ropajes.
La Moralidad, atraída por sus falsos guardianes,
el Embrollo cubierto de pieles, la Casuística con sus vestiduras,
se queda sin aliento mientras ellas halan la cuerda a uno y otro lado
y muere, cuando la Insulsez da la orden a su paje.
Solo la insana Instrucción permanece libre,
demasiado loca para las cadenas,
ora erigiendo su mirada extática hacia el espacio,
ora corriendo alrededor del círculo, donde encuentra su cuadrado.
Las Musas yacen atadas por diez lazos
bajo la mira vigilante de la Envidia y del Halago.
[…]
En vano, en vano –la Hora que todo lo compone
cae sin resistencia: la Musa obedece al Poder.
¡Ya viene!¡Ya viene! El trono oscuro sostenido
por la noche primitiva, por el antiguo Caos.
Ante ella, las doradas nubes de la Imaginación se desvanecen
y todos sus variados arco iris mueren.
Los fuegos momentáneos del Ingenio estallan en vano,
cae el meteoro y expira en un instante.
Así como las estrellas enfermas, temblando de miedo,
desaparecen una a una del valle etéreo,
como los ojos de Argos, tocados por la vara de Hermes,
se cierran uno a uno para descansar eternamente,
Así, al sentir su cercanía y poder secreto,
Arte tras Arte se apagan y todo se vuelve Noche.
¡Mirad cómo huye a hurtadillas la Verdad a su vieja caverna,
mientras se apilan sobre su cabeza las montañas de la Casuística!
La Filosofía, que antaño se apoyara en el Cielo,
se encoge hasta su segunda causa y desaparece.
¡La Física y la Metafísica ruegan que se las defienda,
y la Metafísica pide su ayuda al Sentido!
¡Ved cómo vuela el Misterio hacia las Matemáticas!
¡En vano! Miran fijamente, se marean, desvarían y mueren.
La Religión abochornada cubre con un velo sus fuegos sagrados
y la Moralidad fallece en la Inconsciencia.
No hay Llama pública o privada que se atreva a brillar
Ni queda ni una chispa humana ni una fugaz mirada divina.
Tu temible imperio, oh Caos, se ha restablecido;
la luz muere ante tu palabra estéril;
tu mano, gran Anarquía, deja que caiga la corina
y que la Oscuridad Universal lo entierre Todo”
Llovet apunta una idea muy de Tocqueville y muy de Pope: “la conciencia pública ya no cree que cualquier manifestación de una de esas personas deba ser considerada más verdadera…”. Pope temía justamente la nivelación indiscriminada del juicio: la idea de que toda opinión vale lo mismo aunque no toda inteligencia sea equivalente. Pope comprendió antes que casi nadie que una civilización empieza a desmoronarse cuando deja de distinguir entre notoriedad y mérito.
P.S. Naturalmente, Pope escribe en un contexto histórico muy distinto de la época digital contemporánea. Acaso mis símiles o simetrías acusan excesiva rigidez.
