
No creo que una civilización extraterrestre se distinguiera principalmente por la fuerza bruta o la hidráulica. La vulgaridad técnica es un rasgo de especies adolescentes. Imagino criaturas ovoides que poseerían máquinas prodigiosas y aleaciones inconcebibles de metales, capaces de percibir cien o mil matices de verde allí donde nosotros apenas vemos uno; seres que en sus planetas remotos logran que en sus mentes habitan infinitas geometrías, que tienen una memoria absoluta, y para quienes la conciencia es una forma suprema de bondad. Sus ciudades serían tal vez translúcidas y fractales; sus idiomas, estarían compuestos de fulgores cromáticos y pausas musicales de una bellísima modulación imperceptibles para nosotros.
Nos considerarían criaturas rudimentarias y venales, primates sentimentales fascinados por herramientas pueriles. Quizá nos estudiarían del mismo modo en que un botánico estudia la nervadura de una planta: con atención minuciosa, moderado afecto estético y una absoluta distancia moral.
Bajo estrellas eternas alcanzarían una sublime sabiduría, serían inmortales de alma, espejos purísimos de la luz divina; constituirían por sí mismos una especie completa, no había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera en algún hexágono. El universo estaba justificado. Criaturas con formas puras subsistentes, de inteligencia tan veloz y vasta como serena.
Pero sospecho que los extraterrestres verdaderamente avanzados evitarían cuidadosamente el contacto con nosotros, del mismo modo que un hombre razonable evita discutir de matemáticas con alguien bebido en un bar.
***
«El gran astrónomo Johannes Kepler fue también el inventor de la ciencia-ficción, aunque sólo publicó una novela, y sólo después de muerto. Se llamaba Somnium, o El sueño, y la mandó imprimir su hijo Ludwig en 1634 para intentar sacarse unas perras. Qué tontería. No se sabe qué cifra de ventas alcanzó aquella primera edición, pero el hecho de que la segunda tardara en salir dos siglos (se publicó en 1870) no parece un indicador muy optimista.
En 1609, cuando Kepler era el matemático imperial, el emperador Rodolfo le preguntó qué significaban las zonas oscuras que podían verse en la superficie de la Luna, y Kepler le respondió que, seguramente, eran las sombras que proyectaban las montañas lunares. Wackher von Wackenfels, el asesor religioso del emperador, se quedó perplejo. Nunca había imaginado que la Luna pudiera ser un mundo, con sus montañas iluminadas al atardecer, sus tenues brisas nocturnas y sus parejas besándose a la luz de la Tierra. Von Wackenfels bombardeó a Kepler a preguntas y, tras largas conversaciones que se prolongaron durante semanas, logró convencerle de que escribiera un relato ficticio sobre el nuevo mundo. Kepler le hizo caso y produjo el manuscrito de Somnium que acabaría publicando su hijo un cuarto de siglo después.
El protagonista de Somnium es el joven islandés Duracotus. Su madre, Fiolxhide, se gana la vida recogiendo hierbas, envolviéndolas en piel de cabra y vendiéndolas a los marinos a precio de filtro de amor, elixir de vigor o pócima de venganza. Cuando Duracotus vuelve a casa tras haber estudiado con Tycho Brahe -el gran astrónomo de la juventud de Kepler-, su madre le dice que vale, que ese Tycho le habrá enseñado mucho sobre la Luna, pero que ella conoce a unos demonios y le puede llevar allí.
Madre e hijo acuerdan despegar «cuando la Luna empiece a eclipsarse por el Este». O sea, que viajan durante un eclipse de Luna, cuando el trayecto de la nave queda protegido del bombardeo solar por la sombra de la Tierra (una idea digna de Kepler). El despegue es tremebundo, como alimentado por toneladas de pólvora, pero, una vez liberada del influjo terrestre, la nave viaja en una trayectoria curva sin necesidad de motor (una idea digna no ya de Kepler, sino de Newton, que aún tardaría 33 años en nacer). Al llegar les comunican que la Luna tiene dos hemisferios: Subvolva, desde el que siempre se ve la Tierra, y Privolva, desde el que no se ve nunca (los terrícolas llamamos a Privolva la cara oculta de la Luna). Los habitantes lunares crecen muy deprisa y viven muy poco. Sólo asoman un rato, al atardecer, y luego vuelven a sumergirse en la noche impenetrable. Guardan el agua en cuevas para protegerla de las insoportables temperaturas diurnas. Tiene un toque muy Arthur Clarke.
Kepler perdió una copia de Somnium en 1611, y algunos lectores no solicitados repararon en sus curiosos ecos autobiográficos. Parecía obvio que Duracotus era el propio Kepler, y por tanto Fiolxhide no podía ser otra que Katherine Kepler, la madre del autor. Pero entonces, ¿qué pensar de todas esas hierbas, pócimas y pieles de cabra, por no hablar de su amistad con los demonios? Katherine Kepler fue acusada de brujería en 1615 y juzgada en 1620. Eludió la hoguera de milagro, pero murió de todos modos a los seis meses de salir de prisión. Los viajes a la Luna salían caros en la época.
Durante toda su vida, Kepler dedicó parte de su tiempo a hacerles el horóscopo a los poderosos, que eran lo bastante «imbéciles» -el adjetivo es de Kepler- como para pagarle por ello. En 1594 le encargaron adivinar lo que iba a pasar en 1595, y predijo correctamente las rebeliones campesinas en Estiria y las incursiones turcas por tierras austriacas. Tal vez Kepler, después de todo, había heredado el único talento oculto de su madre: el de abrir los ojos a la realidad», Javier Sampedro.
***
El viajero estelar atraviesa durante décadas o siglos regiones donde las constelaciones se deshacen lentamente como archipiélagos de sal, y donde los soles mueren por catástrofe atómica. Atrás quedaban las nebulosas azul verdosas semejantes a medusas fosforescentes, los anillos de polvo cobrizo, y aquel intolerable silencio de las largas travesías interestelares: un silencio como si la nave avanzase a través de una inmensa, durísima piedra nocturna.
Hacía siglos, acaso milenios, que no lograba pensar ni sentir. Pero entonces, como un foco iluminando el mar, en medio de nada, tras siglos de nada, recordé una pequeña caja de caoba de mi infancia, cuidadosamente encerada y envejecida por el tiempo, donde la madera brillaba con un resplandor oscuro. El barniz oscuro retenía una profundidad líquida y cálida semejante al vino viejo. Sus pequeñas cerraduras de latón gastadas por los dedos de mamá, desaparecida hacía demasiado tiempo. Dentro había carretes de hilo, botones de nácar, viejas cartas atadas con cintas desteñidas.
Creo que el viaje continuaba.
