
Solo se nos concede un número contado de pulsaciones en una vida de marisma abigarrada y teatral. La noche es siempre un gigante de hielo, mineral y litúrgico. Hay algo inquietantemente tranquilo en el avance natural y cotidiano, tras horas de belleza y melancolía, del alba. No tratamos con el tiempo, sino con alguna otra cosa completamente distinta: sombras chinescas que crecen y decrecen según leyes pitagóricas.
La noche viene lentamente desde los bosques, y el aire huele a manzana húmeda, a humo de leña y a hierba pisada. Las luces de las aldeas tiemblan entre la niebla como si estuviesen sumergidas bajo agua oscura. Reflejos verdosos. Campanas: sonido espeso de terciopelo azul oscuro. Las estrellas respiran una ondulante lentitud.
