
«Debes saber que el mundo ya ha envejecido y no se mantiene con el vigor de antes. Ya no tiene la fuerza ni el poder que solía tener. Esto lo dice el mundo mismo; lo proclama el declive de todas las cosas. Ya no hay tanta lluvia en invierno para alimentar las semillas, ni tanto calor en verano para madurar las cosechas. Las minas están agotadas y dan menos plata y oro; los campos están cansados y dan menos frutos. La justicia desaparece, la benevolencia se pierde, la disciplina se relaja. Todo lo que nace tiende al ocaso, y lo que ha crecido debe envejecer. No culpes a los cristianos de que las fuerzas del mundo fallen; culpa a la propia naturaleza del siglo, que se consume a sí misma, y a la impiedad de los hombres, que atrae el juicio de Dios sobre una creación que ya no tiene fuerzas para sostenerse», San Cipriano de Cartago, Patrologia Latina, Vol. 4, Col. 544-545
«Nosotros, los romanos, nos maravillamos de nuestra caída, cuando somos nosotros quienes la hemos provocado. Somos más viciosos que los bárbaros. Ellos son impuros, pero nosotros lo somos más bajo el nombre de la santidad. La civilización romana se muere, y sin embargo ríe. En las ciudades donde el enemigo acecha a las puertas, el pueblo sigue corriendo a los teatros ¿Dónde está la antigua virtud de Roma? Ha perecido la probidad, ha muerto la fe. El nombre de romano, que antes era tan respetado, es ahora algo despreciable. Nos desmoronamos bajo el peso de nuestras propias iniquidades. El Imperio se consume porque ha preferido sus placeres a su salvación; estamos muriendo y todavía pedimos pan y juegos, mientras el fuego ya consume nuestras casas», Saviano de Marsella, Patrologia Latina, Vol. 53, Col. 91-95.
«¿Dónde está el Senado? ¿Dónde está el pueblo? Los huesos se han secado, las dignidades se han desvanecido. Toda la pompa de las dignidades seculares se ha extinguido. Ya no vemos sino edificios derruidos y muros caídos. Y lo que vemos en las piedras, sucede en las almas. Ya no hay hombres que aspiren a lo grande; solo queda el rastro de una grandeza pasada. El mundo está lleno de espinas porque ya no hay quien cultive el jardín del espíritu. Roma, que antes era la señora de las naciones, es ahora como una viuda abandonada. Esta es la ley de la historia cuando se olvida lo eterno: la ciudad se convierte en un desierto, y el desierto entra en los corazones de los que quedan», San Gregorio Magno, Patrologia Latina, Vol. 76, Col. 1010.
«Llegará un tiempo en que el nombre romano, por el cual el mundo es ahora gobernado (horroriza decirlo, pero lo diré porque ha de suceder), será borrado de la tierra, y el poder volverá a Asia, y el Oriente volverá a dominar y el Occidente será reducido a servidumbre. La causa de esta desolación será que la justicia será odiada y la inocencia será perseguida. Los malvados dominarán a los buenos; no habrá ley, ni orden, ni disciplina militar. Nadie respetará las canas del anciano, ni el deber del hijo, ni la piedad del padre. Todo será confusión y guerra perpetua. Entonces el mundo estará verdaderamente exhausto, y los hombres buscarán la muerte y no la hallarán, pues la decadencia habrá llegado a su madurez amarga», Lactancio, Patrologia Latina, Vol. 6, Col. 788-789.
P.S. Mutatis mutandis, acaso valga el símil con la actualidad. Refugio en el placer ante la carencia de un propósito futuro, olvido de la tradición, manierismo (el estilo pesa más que la sustancia), reino de la cantidad frente a delicadeza de la calidad. Muere la memoria y la cultura se transforma en consumo y estéril burocracia. El lenguaje es un instrumento técnico, de mera mercadotecnia, no la «casa del ser». Vivimos en un presente amnésico: los jóvenes ya no sienten que lo que escribió Hesíodo, Tibulo, Petronio o Milton les concierna. La civilización que amo -que huele a cuero de biblioteca y a libertad- ha muerto. Como en las ruinas que pintaba Piranesi, somos enanos habitando palacios cuyas proporciones ya no comprendemos. Se lee poco y se lee mal. Perdimos la brújula de nuestra propia razón. La decadencia es el triunfo de la ignorancia satisfecha de sí misma.
