
Mi infancia fue un largo pasillo de alfombras espesas donde el cruel ruido del mundo exterior nunca llegaba. No conocía el precio de las cosas, pero conocía perfectamente el tacto del lino limpio y el brillo de la plata al atardecer. Vivíamos en una burbuja acolchada donde la única obligación era ser niño, protegidos por paredes que parecían exhalar una calma milenaria.
Era una infancia como la de Combray: una casa -más vasta para mis ojos infantiles de lo que seguramente fue en realidad- con sus techos altos y sus maderas enceradas. Había una paz -lentitud sedosa- que solo otorgan las estancias que no conocen la andrajosa celeridad. En el jardín, el tiempo no se medía en horas. El rastro del sol sobre el piso de mármol, y sobre la biblioteca, o sobre -mágicamente- los cortinajes de terciopelo. Fue una vida muy feliz, no por el oro en las molduras, sino por la luz que siempre parecía encontrar un camino hacia nosotros.
Mamá era la más bella de toda la mansión. Orden y roce de dedos en la barandilla. La recuerdo siempre envuelta en sedas que imitaban el movimiento del agua, caminando por los pasillos con una gracia que hacía que los techos altos parecieran diseñados solo para ella. No olía a cocina ni a esfuerzo; olía a nardos frescos y a ese perfume francés que se quedaba suspendido en el aire mucho después de que ella hubiera salido de la habitación. El tiempo no avanzaba. Su sola presencia era una garantía de que nada malo (que lo debió haber, pero mi memoria lo aniquiló del todo) podía cruzar el umbral de nuestra puerta.
Verla sentada largas horas en el solárium, con un libro en el regazo y esa expresión de paz absoluta, nos enseñó que la verdadera riqueza no era el dinero, sino la capacidad de habitar el tiempo con serenidad. Benevolencia. El corazón tibio del castillo. La risa cristalina que resonaba en el vestíbulo. La dignidad luminosa en su forma de querernos.
