«Consideré con lágrimas de qué está hecho el hombre: engendrado en el ardor de la lujuria, en el fetiche de la carne y en la inmundicia de la sangre; concebido en la culpa, nacido para el dolor, viviendo en el temor y muriendo en la angustia. […] Formado sanamente de la tierra, concebido en la culpa, nacido para el dolor, vuelve depravadas las cosas no sólo por sus costumbres, sino también por sus obras, convirtiéndose en ceniza, alimento de fuego y pasto de los gusanos», Inocencio.III. De contemptu mundi sive de miseria conditionis humanae (Libro II, cap. 9). En: Migne, J.-P. (Ed.), Patrologia Latina, vol. 217, col. 741.
«¿Qué hará la humana fragilidad ante esto? ¿Qué camino tomará si no es huir hacia el abismo de la misericordia, la cual sostiene nuestras almas afligidas y nos levanta en medio del desaliento?» Gerson, J. De mystica theologia practica. En: Glorieux, P. (Ed.), Jean Gerson: Œuvres complètes, vol. III, p. 257 (Tournai: Desclée, 1960)
«Cuando este humor melancólico se asienta y enseñorea en el alcázar del cerebro, extingue al punto la claridad de los espíritus animales y sume a la mente en una niebla espesísima. Es entonces cuando el horizonte del alma se estrecha y oscurece de tal suerte que el hombre no alcanza a divisar salida ninguna a sus cuitas; las cosas que antes le pluguieron muéstransele ahora pavorosas, y el entendimiento, antes libre y veloz para remontar el vuelo, queda como atado con recias cadenas a un pensamiento único, triste y plúmbeo, del cual no puede apartarse por más que el ánimo lo intente», Lemnius, Levinus. De habitu et constitutione corporis, quam Graeci krasin, triviales complexionem vocant, libri duo, Amberes: Apud Guilielmum Simonem, 1561.
«El melancólico es como un hombre metido en una fosa profunda y angosta, donde no entra rayo de sol alguno. Esta frialdad de la bilis negra congela el ardor del espíritu; el alma pierde toda su osadía y aquella natural agilidad que la empujaba a contemplar las cosas celestes y terrenas. Cérranse los caminos del ingenio, y la imaginación, herida por tan espeso humo, no engendra sino figuras monstruosas y desoladas. Siente el cuitado una pesadumbre tal en el pecho que le parece llevar a cuestas el peso de todo el mundo, quedando el espíritu enteramente baldado, sin fuerzas para desear el mañana ni para concebir que su miseria pueda tener fin», Du Laurens, André. Discours des maladies melancholiques, des impressions des deux yeux, et de la vieillesse. París: Chez Iamet Mettayer.
«Esta condición altera de tal modo las acciones del alma que el entendimiento queda privado de su luz natural, y la voluntad, despojada de todo consuelo. El espíritu, que por su propia naturaleza es libre, ligero y capaz de discurrir por la inmensidad del universo, se ve de pronto confinado a los rincones más oscuros del corazón. Es un cautiverio del cual el hombre no sabe cómo escapar, pues el horizonte de su mente se ha vuelto tan angosto que no ve más allá de su propia desdicha. Toda delicia le es amarga, toda acción le fatiga, y el tiempo mismo parece detenerse, pesando sobre el alma como una losa de mármol que sepulta todo pensamiento de alegría», Bright, Timothy. A Treatise of Melancholie: Containing the causes thereof, & reasons of the strange effects it worketh in our minds and bodies. Londres: Thomas Vautrollier, 1586.
«¿Qué es lo que te aflige, qué es lo que te abate y te consume en esta tristeza? Dices que son los males públicos, la ruina de tu patria, las guerras y los tumultos que te rodean. ¡Engaño de la mente! Es tu propia flaqueza la que te oprime, no la condición de los tiempos. Buscas la soledad y huyes de las ciudades, creyendo que con cambiar de lugar mudarás también el estado de tu alma. Pero te equivocas miserablemente: la melancolía y el dolor van contigo en la grupa del caballo, navegan contigo en el navío y se asientan a tu lado en el retiro más escondido. Llevas el enemigo en tu propio pecho. Como el enfermo febril que se revuelve en la cama creyendo encontrar alivio en el lado izquierdo que antes buscaba en el derecho, y no halla descanso alguno porque la causa de su ardor no está en las sábanas, sino en la sangre corrompida de sus venas; del mismo modo te sucede a ti, que arrastras por doquier la herida secreta de tu espíritu. Ese abatimiento que llamas compasión por el mundo no es sino el humo de tu propia debilidad, que nubla el entendimiento y extingue la luz de la razón. Nos quejamos del destino y del estado de las cosas, cuando la verdadera tiranía la ejerce la Opinión sobre nuestra alma, subyugando al Juicio y arrastrándonos a un pozo de perpetua queja y desánimo. Despierta, pues, y comprende que la verdadera paz no se encuentra fuera de ti, sino sometiendo esas pasiones que te gobiernan y visten al mundo con el luto de tu propia melancolía», Lipsio, Justo (2000). Tratado de la Constancia (Edición facsímil de la traducción de Juan Bautista de Mesa de 1616). Madrid: Fundación de Castro.
