Cornaro 104

«Es cosa digna de gran compasión observar al hombre entregado a las letras cuando es asaltado por este negro humor del abatimiento. Despierta en su alma un vivísimo deseo de acudir a sus libros, como quien busca la fuente de agua clara en medio de la sed; abre los volúmenes, dispone sus papeles y se sienta con la firme determinación de leer y escudriñar los misterios del saber. Mas, ¡ay!, apenas sus ojos se posan sobre los caracteres impresos, una niebla densa y fría, nacida de los vapores de la bilis negra, asciende hasta el alcázar de su cerebro. Los ojos se le vuelven pesados y fijos; las letras danzan ante su vista como sombras confusas y, aunque sus manos sostienen la página con desespero, el entendimiento permanece sellado. Quiere avanzar en la lectura, mas se descubre leyendo una y otra vez la misma línea sin aprehender su sentido, pues la memoria flaquea y el ánimo, sepultado bajo el peso de un plomo invisible, se cansa al primer paso. El melancólico se duele entonces doblemente: por la tristeza que lo embarga y por ver convertido su mayor deleite, que es el libro, en un espejo de su propia impotencia y mudez», Lemnio, Levino (2019). De los milagros ocultos de la naturaleza (Edición y estudio de J. Martínez). Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) (Original publicado en latín en 1559 como De habitu et constitutione corporis)

«Ningún dolor es comparable al del estudioso que, amando la sabiduría por encima de todas las cosas de la tierra, se ve privado de su uso por la tiranía de este abatimiento. Se acerca a su biblioteca, que antes era su paraíso y su refugio, con el ansia de perderse en la lectura; mas encuentra las puertas del templo cerradas para su mente. Sostiene el libro, pasa las hojas con dedos trémulos, pero su atención vuela dispersa, arrastrada por mil pensamientos fúnebres y sospechas vanas. Intenta fijar la mente en un poema, en una crónica o en una sutil filosofía, pero el entendimiento está embotado, seco, estéril como el desierto. Siente un querer ardiente por saber, un remordimiento punzante por el tiempo que se escapa, pero la voluntad está rota. El libro permanece abierto sobre la mesa como un reproche mudo; el desdichado fija la mirada en el papel durante horas enteras, sin leer una sola palabra, atrapado en un letargo del que no puede despertar, suspirando por una claridad mental que la bilis negra le niega», Burton, Robert (2002). Anatomía de la melancolía (3 Volúmenes). Traducción y edición excelente de J. M. Álvarez Flórez. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN). (El pasaje específico pertenece a la Primera Partición, Sección 2, Miembro 3: «La melancolía de los estudiosos»)

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