(Hammershøi)
Paleta extremadamente restringida: grises perlados, blancos cenicientos, ocres agotados, negros mates, marrones desaturados. El color parece filtrado a través de una capa de ceniza o niebla nórdica. Luz indirecta y lateral: rara vez utiliza una iluminación frontal. La luz entra oblicuamente por ventanas altas y se deposita sobre puertas, molduras, mesas o suelos encerados. La luminosidad no dramatiza, sino que revela lentamente. No usaba un gris comercial directo del tubo. Sus grises son complejos; los creaba mezclando siena, umbra (tierra de sombra), azul cobalto y blanco de plomo. Esto dota a sus superficies de una vibración interna: un gris puede sentirse cálido o extrañamente frío según la luz. El pintor logra una atmósfera casi tangible, como si pudiéramos ver las motas de polvo flotando en el aire. Las transiciones entre la luz y la sombra son extremadamente sutiles.
Hay cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos: una emoción tan contenida que parece casi extinguida, y precisamente por ello más profunda. Las cosas, cuando son verdaderamente vistas, poseen una vida silenciosa infinitamente más honda que la agitación humana. Es la luz de invierno cayendo lentamente sobre la madera encerada. Hace falta, en verdad, una mente de invierno para contemplar la escarcha y las ramas de los pinos cubiertas de nieve; saber que en lo más hondo de las cosas vive la más querida frescura, mientras a medianoche las lágrimas corren hacia tus oídos.
