Cornaro 94

El calor parece no proceder del aire, sino de las propias paredes. Uno abre las ventanas buscando alivio y sólo encuentra ruido, motores lejanos, sirenas de ambulancia, el camión de la basura, conversaciones dispersas, música absurda que llega desde algún punto invisible. Entonces la ciudad deja de ser compañía y se convierte en una máquina insomne. Ventanas iluminadas, taxis, bares abiertos, voces en las aceras; y, sin embargo, el sentimiento de que nada de eso te pertenece.

Aquí no tengo ni a mis amigos ni a mis libros. Se iluminan calles enteras para nadie. Thomas Bernhard escribió páginas memorables sobre el agotamiento nervioso producido por la ciudad: «No eran los grandes acontecimientos los que destruían a las personas, sino los pequeños ruidos continuos, las conversaciones inevitables, los pasos en la escalera, las puertas que se cerraban, la imposibilidad absoluta de estar por fin solo y en silencio».

Permanentemente rodeados y permanentemente separados. Echo de menos a mi aldea. Lejos de mi pueblo anhelo lo más insignificante: un pinar, helechos, la mezcla de tierra y leña, los senderos del valle, el mismo paisaje al paso diferente de las estaciones, la inteligibilidad final de un mundo.

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