Cornaro 134

Macbeth apuñala a Duncan mientras duerme. La obra termina con Macduff mostrando la cabeza ensangrentada del tirano. Malcolm es proclamado el nuevo y legítimo rey de Escocia, prometiendo restaurar la justicia y el orden en una nación que había sido desangrada por la ambición maníaca de un solo hombre.

Chile, pimienta, jengibre, mostaza y wasabi. Así, condimentado el Estado con cantidades brutales semi-venenosas, gobierna (o desgobierna) nuestro presidente ladino, marrullero y lagarto.

En su famoso soliloquio, Macbeth admite que carece de motivos reales para su conducta, excepto los de su ego patológico: «No tengo más espuela para pinchar los costados de mi intención que una ambición desmedida, que salta sobre sí misma y cae del otro lado». Más adelante, cuando el país cae en el caos por su tiranía, Macduff describe el estado de su patria de una forma que nuestra oposición atinadamente utiliza para describir la España actual: «¡Pobre patria, casi tiene miedo de conocerse a sí misma! No puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba».

Y recuerden siempre, no olviden nunca, cómo acaba Macbeth.

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