Hubo un tiempo, oh tempora…, en que el Parlamento era una extensión de la Academia y del ensayo literario; hoy, con una muy acusada -y lastimosa- frecuencia, no se diferencia nada de una extensión o reflujo gástrico de unas mentes de una mediocridad embarazosa. Guizot, Gladstone, Castelar etc… han sido insensiblemente sustituidos por seres raquíticos, ridículos, que no levanten un palmo del suelo, y de expresión zafia, tópica y liliputiense.
En el siglo XIX, los diputados solían ser hombres con la vida resuelta (abogados, historiadores, terratenientes) que sí, hacían política. Con el nacimiento de los partidos modernos, surge el llamado «político de aparato»: tipos que entran en las juventudes de un partido y hacen de la obediencia lacayuna su modo de vida. El mérito ya no se cifra en la brillantez intelectual o en la obra publicada, sino en la lealtad ciega a las siglas. El disidente culto es expulsado; el obediente gris (espeso y municipal) asciende.
El fin de la oratoria clásica coincide con la extensión del sufragio universal y la llegada de los medios de comunicación de masas. En un parlamento decimonónico, un discurso de tres horas cargado de referencias históricas e impecable en sus calidades lógicas, podía convencer a una cámara de notables. En nuestra política de masas, el mensaje debe ser un titular de diez segundos, una frase hecha para el telediario o un zasca para las redes sociales. La complejidad intelectual cotiza a la baja, o, simple y llanamente, desapareció ¿Conclusión? Una medianía pasmosa, casi irreal de alucinante. El regimiento de la cosa pública parece hoy ordenado por delirios tabernarios.
Muchos de los pensadores más lúcidos de los últimos 150 años vieron esto con absoluta claridad. Tres ejemplos, entre decenas que podría argüir:
«El desarrollo de la política moderna en una «empresa» hizo necesaria una división del trabajo […] El político profesional actual ya no es el líder espiritual de antaño, sino un funcionario de la oratoria o un empresario de votos. La maquinaria del partido, especialmente en las democracias parlamentarias, tiende a eliminar a los hombres de talento independiente y carácter firme para sustituirlos por caracteres maleables, individuos mediocres cuyo único mérito es la fidelidad al aparato y la capacidad de gestión burocrática. El resultado es el dominio de la «sin-talento-cracia», donde el líder es rehén de una burocracia partidista que teme la genialidad», Max Weber.
«El político actual ya no intenta escuchar la verdad, sino el eco de sus propias consignas en la masa. […] Lo característico del momento es que el alma mediocre, sabiéndose mediocre, tiene el valor de afirmar el derecho de la mediocridad y lo impone por dondequiera. En la política, esto se traduce en la desaparición de los grandes debates de ideas, sustituidos por una técnica de agitación donde las élites políticas ya no guían a la opinión pública, sino que la siguen arrastrándose tras ella, adoptando sus prejuicios y rebajando el lenguaje del Estado al nivel de la taberna», Ortega y Gasset.
«No ha habido ningún golpe de Estado. La mediocracia se ha instalado sin estridencias […] El político mediocre no debe ser incompetente, al contrario; debe ser capaz de hacer funcionar el sistema, pero sin cuestionar jamás sus premisas. Su lenguaje es la «lengua de madera» (la retórica vacía), un discurso que parece decir algo pero que está diseñado para no comprometerse con nada. Las élites políticas actuales son una colección de expertos en comunicación que no leen, que no tienen arraigo en la tradición humanista y cuyo único objetivo es la reproducción del poder mediante el consenso del centro gris. La política ha dejado de ser el arte del bien común para convertirse en una técnica de marketing», Alain Denault.
La decadencia avanza, incontenible.
