Hay demasiadas noches de una lucidez tan febril que resultan aterradoras. El cuerpo está derrengado, los ojos arden con una sangre melancólica y fofa, pero los nervios vibran como el pizzicato de un violín tocado por los dedos gordezuelos de un psicópata. Nunca es un estado apacible, sino una guerra sorda. Te persiguen visiones, voces, payasos enanos, ratas, proyectos o miedos que al amanecer parecerán absurdos, diálogos enteros con personas que te han ofendido o a las que has dañado. Soy un insomne crónico.
Al asaltarte el insomnio durante décadas, las vértebras crujen y la espalda se deforma. El insomnio es una alteración que nos devuelve a la condición de bestias acorraladas. Uno persigue el sueño con una estrategia militar: ensaya posturas, regula la respiración, prueba a relajarse, intenta fijar en la mente la imagen fija de una bosque otoñal o de una melodía de Chopin, pero el cerebro, ese traidor infatigable, siempre encuentra una rendija por la que deslizar un pensamiento parásito, un recuerdo humillante de la infancia o de la adolescencia, o bien una preocupación trivial que lo echa todo a perder. El durmiente es un hombre libre; el insomne es el soldado cansado que se queda varado en la garita haciendo guardia.
Miro las ventanas que clarean vagamente con una angustia que no sé de dónde me viene ni adónde me lleva. El insomne no piensa: siente el paso del tiempo como una lija raspando sobre la piel. Sentado en el borde de la cama, entre las sombras de las cinco de la mañana, me sé solo en el universo. En el reino de los desvelados la cama se convierte en una cámara de tortura. El hombre que duerme vive en la inocencia; el hombre que no puede dormir es un monstruo de lucidez negra y pulmones de petróleo. Durante esas horas malditas, uno no piensa en nada concreto, o mejor dicho, piensa en la nada misma.
La noche avanza gota a gota. El reloj deja resbalar segundos como un grifo defectuoso deja caer agua. El sufrimiento es completamente real. Y así casi toda mi vida.
