Dormí profundamente, y al despertar parecía otro hombre. El sueño había pasado por mi psique como un pincel con pelo de tejón y mango de bambú que dibujara un mar encalmado en julio. Dulce, dulcísimo cuando cae el sueño como la cellisca sobre el campo, amortiguando aristas y borrando caminos. Dormir bien es entregarse a la bóveda celeste con la confianza del niño que se duerme en el regazo de mamá, sabiendo que al despertar la luz será nueva.
Sí, dormí. Recuerdo que dormí. Dormí un sueño profundo, espeso, como si me hubiera hundido en el fondo de un pozo de lodo tibio. Un sueño sin fisuras, sin imágenes, sin el menor eco del mundo exterior. Si un sueño es así de perfecto, uno no solo descansa; uno se desarma por completo y se vuelve a armar de una manera ligeramente distinta, más limpia, más firme para el día siguiente.
«[…] en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto», Cervantes.
Dormir es un maravilloso distraerse del universo.
