Cornaro 155

«La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación», fragmento del discurso de León XIV en el Congreso de los diputados el 8/06/2026

Desearía glosar estos dos hermosos párrafos del extraordinario discurso de León XIV.

En catalán encontramos el verbo «enraonar», a saber, «hablar», «conversar», «dialogar», que etimológicamente significa «poner en razón», «introducir la razón». Ahí radica el quid del asunto: dialogar, incluso desde la convicción, implica dar cuenta y razón de tus ideas, escuchando atentamente las del adversario, sin humillarlo ni despreciarlo, sin lanzarle puñetazos verbales en lugar del civilizado y educado intercambio de ideas, donde, incluso, es posible que se modifique tu opinión debido a que, tras la reflexión, encuentres más impecable lógicamente o empíricamente, más convincente la opinión contraria.

En el parlamento se dirime o delibera como bestias que no bajaron de los árboles, caldeando innecesaria y morbosamente el ambiente. Las cosmovisiones son plurales, y muchas se han ganado el respeto aunque no coincidamos con ellas. Esta exhortación del Papa me parece compacta y definitiva, una llamada a lo mejor que hay en nosotros, aunque temo que inmediatamente será desoída por esa caterva de hooligans que nos gobiernan o bien fiscalizan el gobierno.

A propósito de la urgente necesidad del diálogo racional, no olvidemos a Habermas: «La deliberación democrática exige lo que llamamos la «fuerza sin violencia del argumento mejor». Cuando el lenguaje político se desnaturaliza y se convierte en mera propaganda o descalificación ad hominem, se destruye el espacio público. El insulto y la humillación del oponente son la renuncia explícita a la razón; es el síntoma de que se prefiere la dominación estratégica a la comprensión mutua».

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