El discurso del Papa en el Congreso (oratoria sagrada adaptada a las cortes seculares) tuvo gravitas, dignitas y urbanitas (antítesis de la ordinariez parlamentaria moderna) Quintiliano hubiera apreciado especialmente la unión de docere, movere y delectare. El tono dominante fue el de la suavitas cum gravitate. No existió asomo de sarcasmo o ironía, ridiculización ni consignas. Y la emoción se reguló cuidadosamente.
Para Isócrates la política necesita educación moral. Alabaría la estructura periódica de las frases (largas, fluidas, con subordinadas perfectamente engarzadas) y el énfasis en «caminar con la humanidad» y el «respeto a la autonomía». Para Isócrates, este discurso encarnaría la sofrosine (moderación y sabiduría); juzgaría a León XIV con gran orgullo.
¿Por qué hace más de un siglo que casi no se oyen discursos así en los parlamentos? Por la desaparición de la educación retórica clásica y las humanidades en general. En el siglo XIX y principios del XX, los parlamentarios (como Emilio Castelar en España o Winston Churchill más tarde) se educaban en el canon clásico; hablar bien era una demostración de estatus intelectual. Hoy, la solemnidad se confunde a menudo con la pedantería o la hipocresía. El político actual prefiere sonar «cercano», «de la calle» o «auténtico», lo que degrada el lenguaje hacia lo coloquial. Los políticos actuales -acémilas astronómicos- no saben (ni estudiaron) griego ni latín, y en absoluto están familiarizados con Cicerón, Demóstenes o Quintiliano, ni con la literatura o filosofía clásica. La gran oratoria necesita tiempo y no zascas o emoción inmediata. Al perderse la formación en humanidades clásicas (retórica, latín, griego), los oradores han perdido las herramientas técnicas (las figuras de dicción, el ritmo del periodo) que hacían que un discurso sonara «elevado». Hoy todo son como hablas de mandriles.
