«Fidelio» de Ludwig van Beethoven. Obra que no busca el adorno vocal superficial ni el melodrama efectista del bel canto. Es una ópera austera, de líneas nobles, éticas, de cabellos rubios flotando en un velo, tórtola -acaso- sobre el muro, cuyo centro es la dignidad humana, la libertad y la justicia frente a la tiranía. El discurso papal comparte esa misma gravedad solemne y humanista. La Sinfonía No. 4 en mi menor, Op. 98 de Johannes Brahms. Su cuarta sinfonía destaca por una estructura formal rigurosa y matemática (un equilibrio perfecto, casi arquitectónico) que conmueve no por el sentimentalismo, sino por su tremenda solidez y profundidad moral. Dodecaedro donde florecen árboles y brotan fuentes. Faros de luz rosa iluminando Versalles. Avanza sin prisa, con una madurez y un peso específico que recuerdan a la cadencia del Sumo Pontífice en el atril del Congreso.
La música popular de los políticos es una música que no se escucha, sino que se padece. Ha sido despojada de las tres dimensiones que hacían del arte musical una fuerza humanizadora: la melodía, que imita el movimiento de la voz humana en su búsqueda de sentido; la armonía, que establece el orden moral y la resolución de las tensiones; y el ritmo, que invita a un movimiento coordinado y comunitario, como el de la danza tradicional. Hablan como mamarrachos reguetoneros.
