La CIENCIA no solo es compatible con la espiritualidad, sino que es una fuente profunda e incomparable de espiritualidad. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz (una cinta métrica casi ilimitada) y en el transcurso de los siglos, cuando captamos la intrincada, sutil y hermosa urdimbre de la vida, la emoción que sentimos —un sentimiento de alegría y humildad combinadas— es sin duda espiritual, metafísica. Vamos a morir, y eso nos convierte en afortunados, a qué dudarlo. La mayoría de la gente nunca va a morir porque nunca va a nacer. Nosotros, los privilegiados que ganamos la lotería del nacimiento contra toda probabilidad, ¿cómo nos atrevemos a quejarnos de nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del que la gran mayoría nunca salió? La ciencia da una respuesta a mis trascendencias cosmovisivas, a mis desvelos de solo ser una velita de luz entre los dos cabos infinitos de la noche.
La LITERATURA es otra fuente que me permite crear un sentido. Harold Bloom: «La literatura no nos salva de las catástrofes de la historia, ni del paso del tiempo, ni de nuestra propia finitud. Pero nos ofrece un asilo, una habitación propia, donde podemos aprender a hablar con nosotros mismos y a soportar la soledad sin que se convierta en desesperación».
Y el ARTE. Virginia Woolf en «Al faro»: «En medio del caos, surge una forma; este lienzo, este poema, este momento capturado. Esto es lo que sobrevive. Frente al río del tiempo que se lo lleva todo, el arte dice: «Párate aquí, no te muevas». Lo que la religión llama eternidad, nosotros lo llamamos un momento de belleza perfecta».
Vivir bajo la premisa del «como si» las palabras importaran, como si la belleza de un cuadro justificara el dolor del mundo, es una forma de resistencia elegante. No cura la soledad, pero la vuelve habitable y, a menudo, bellísima.
Digamos que, en mi biblioteca, que contiene alrededor 25.000 volúmenes, con un libro impreso sobre papel de hilo (vélin), con las barbas naturales del papel sin cortar en las hojas de cortesía y tipografía elzeviriana elegante, limpia, con capitulares miniadas al inicio de cada leyenda. U otro encuadernado de rústica original con solapas. Cubierta de papel de estraza o papel de aguas tintado a mano, con el título impreso en una tipografía geométrica de estilo Art Déco a una sola tinta (azul ultramar) Entonces comprendo mi destino. Entonces comprendo mi existencia. Con tomar en mis manos una edición facsímil de «De asse et partibus eius», de Guillaume Budé, ese monumento de erudición numismática y económica antigua; entonces comprendo el por qué y el para qué vivir. No sé.
