He pensado otra vez en el manicomio. Pero no como un castigo, sino como el único lugar donde verdaderamente me correspondería estar, la única tierra donde no se me pediría que me disfrace de persona viva. Deseo con todas mis fuerzas un asilo, un cuarto con paredes blancas donde nadie me conozca, donde el tiempo no corra, donde no haya mañanas ni tardes, sino una sola penumbra continua. Qué descanso delicioso sería abdicar de la libertad, esa libertad tan pesada que no sé usar y que solo me sirve para herirme. Quisiera que me encierren, que decidan por mí, que me traigan la comida a la cama y que mi única obligación fuera mirar el techo o las ramas de un árbol a través de una ventana con rejas. Las rejas no me parecerían una prisión, sino una protección contra el mundo de afuera, contra los rostros de los vivos, contra la obligación de tener que hablar, de tener que ser alguien. Estar loco entre los locos, en una quietud perfecta, perdido para siempre en un pasillo blanco donde ya nada pueda alcanzarme.
No estoy aquí para escribir, estoy aquí para estar loco. El manicomio es el único lugar lógico para un hombre como yo, que ya no puede soportar el peso de las miradas ni la necesidad de ganarse el pan. Aquí no tengo que ser el escritor Christian Sanz, no tengo que ser un ciudadano, no tengo que ser nada. Paseo por los jardines, limpio las habitaciones y el mundo me ha olvidado, que es exactamente lo que yo quería. Afuera, la vida es una máquina monstruosa que exige un esfuerzo constante, una agitación que me destruía los nervios. Aquí hay una paz de convento. El asilo es mi monasterio. Nadie me pide que sea feliz, nadie me pide que tenga éxito, nadie se asombra de mi silencio. Estar recluido es mi forma de ser libre. No quiero salir jamás de estas paredes; el mundo de afuera ya no tiene nada que ver conmigo, y yo no tengo nada que ofrecerle a él. Aquí la nada es mansa y me permite descansar.
