Cornaro 172

La escritura de alto nivel es incompatible con la empatía humana. Para explicar la verdad de la vida, de la tragedia y de la belleza, el escritor debe sacrificar su capacidad de sentir, convirtiéndose en un cirujano indiferente que utiliza la realidad y a sus propios seres cercanos como mera materia prima para su obra. La genialidad literaria no es un don luminoso, sino una condena a la monstruosidad y al aislamiento voluntario. Esta creo que es la tesis de Sostres.

El artículo es un ejercicio de autocomplacencia disfrazada de honestidad brutal. Sostres se eleva a la categoría de mártir de las letras: alguien que sufre la soledad y la monstruosidad para que el lector pueda disfrutar de la verdad de su escritura. Al final, el artículo no es una petición de perdón por «matar a un amigo», sino una advertencia y una sutil declaración de superioridad: el arte siempre estará por encima de la moral y de la vida.

Sostres no inventa nada nuevo; se disfraza con el viejo ropaje del dandy decadentista y el escritor maldito decimonónico. Es la escuela estética que cree que la belleza nace del fango, de la tragedia y de la crueldad, y que el escritor es un ser trágico que debe renunciar a su propia humanidad para poder ser un dios en la página en blanco.

Para la escuela humanista, la literatura no es un bisturí para rajar al otro desde la frialdad, sino un puente de empatía. El escritor no se desprende de la vida para explicarla; se sumerge en ella. No se eleva destruyendo a sus amigos, sino que se reconoce en la fragilidad de los demás. Escribí doce libros. Sé de lo que hablo.

En su Educación del príncipe cristiano y en sus cartas, Erasmo dejó claro el propósito de la escritura: «Las ciencias y las letras no se han dado al hombre para su deleite solitario, ni para que se envanezca con el título de sabio, sino para que, mediante el conocimiento de la verdad, aprenda a amar a sus semejantes y a procurar el bien de la comunidad. Nadie nace para sí mismo, y menos aún el escritor, a quien Dios ha concedido el don de la palabra para que sea bálsamo y guía, y no azote de los hombres. La verdadera sabiduría no es aquella que se aparta del dolor del prójimo con fría indiferencia, sino la que se compadece de su fragilidad y trabaja por restaurar en él la dignidad perdida.»

Y Vives, en De Tradendis Disciplinis (De la enseñanza de las disciplinas), defendió que el valor de cualquier conocimiento o arte se mide exclusivamente por su utilidad para aliviar el sufrimiento humano y pacificar los espíritus: «El fruto de las letras debe ser la concordia y el mutuo auxilio entre los hombres. ¿De qué sirve la elegancia del estilo, la agudeza del ingenio o la perfección de la frase si se emplean para herir, desunir o contemplar con desdén la caída de un amigo? La palabra es el vínculo sagrado de la sociedad humana; torcer su uso para convertirla en un cuchillo que disecciona las almas por mera complacencia estética es una traición a la naturaleza del escritor. El verdadero sabio y creador es aquel que utiliza su pluma para pacificar las tormentas del alma humana, no para encender hogueras donde ardan los demás».

P.S. La estética es plural. Yo soy un melancólico humanista, usted un arrebatado «maudit». Un placer leerle.

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