Artículo magníficamente escrito, oratoria de primera clase, y que posee un auténtico nervio ensayístico. Muy hermosa apología de la vulnerabilidad. Sin embargo, filosóficamente es bastante más discutible de lo que parece a primera vista. Pero prefiero omitir mis amables discrepancias.
Pero para impugnar un poco su humanismo tierno y sentimental (tiene algo de humanismo «soufflé»), remito a la gran tradición de los Padres de la Iglesia y los teólogos medievales recopilados por Jacques Paul Migne.
Gregorio de Nisa, De Hominis Opificio (PG 44): «El hombre fue creado desnudo y sin defensas naturales, no para que permaneciera desvalido en la miseria de su fragilidad, sino porque su mente debía sustituir toda arma corporal. Si hubiera tenido garras o caparazón, su alma habría quedado prisionera de las necesidades de la fiera. Dios nos hizo débiles en la carne para obligarnos a ser infinitos en el entendimiento. El uso de las manos, la invención de las herramientas y la sujeción de la materia son las pruebas de que la inteligencia humana participa del poder creador del Verbo. Sostener que nuestra dignidad radica en el límite analógico de la carne es empequeñecer el designio divino; la mente humana está hecha para dominar los elementos, medir los cielos y vencer la distancia, porque el cuerpo es solo el instrumento temporal del espíritu inmortal».
Bernardo de Claraval, Sermones in Cantica Canticorum (PL 183): «Existe un amor de la carne, por el cual el hombre se conmueve ante la presencia del otro cuerpo, ante las lágrimas del niño o el abrazo de la madre. Este amor es ciertamente un don que impide que el hombre se convierta en piedra, pero es un amor débil y mutable, que pertenece a la infancia del espíritu. De nada sirve enternecerse ante la debilidad de la criatura si el alma no se eleva hacia la contemplación de la Verdad inmutable. Quienes ponen su esperanza en la fragilidad de las formas visibles y se consuelan en la mutua miseria de los mortales, construyen su casa sobre la arena. La verdadera humanitas no consiste en permanecer encadenados a los lazos de la carne y de la sangre por miedo a la altura del espíritu, sino en usar lo sensible como un peldaño para amar a Dios con la inteligencia pura, donde ya no hay infancia, ni corrupción, ni muerte».
